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Mesa redonda de presentación inicial del libro

 

 

Fecha: 5 de septiembre de 2002.

Lugar: Universidad de Palermo, Ciudad de Buenos Aires
 
Participantes:
Eduardo Joly, (sociólogo)
Martín Bohmer (abogado)
Rodolfo Livingston (arquitecto)
Juan Carlos Volnovich (psicoanalista)
Alfredo Garay (arquitecto urbanista)
Silvia Coriat (arquitecta)
 
Palabras introductorias del Lic. Eduardo Joly, moderador de la Mesa Redonda:
Me voy a presentar, siempre el primero que habla se tiene que presentar a sí mismo. Soy Eduardo Joly, presido la Fundación Rumbos y tengo el honor de coordinar esta mesa redonda para la presentación del libro de Silvia Coriat, que como ya todos saben, se titula "Lo urbano y lo humano, hábitat y discapacidad".
Nos acompañan hoy en la mesa y voy a leer los nombres en el orden en que van a exponer, el Dr. Martín Bohmer, que es decano de la Facultad de Derecho de esta casa de estudios, de la Universidad de Palermo. Ha sido un propulsor de lo que son las clínicas jurídicas de interés público en nuestro país y con quien, tanto desde Fundación Rumbos como desde REDI, que es la Red por los Derechos de las Personas con Discapacidad, hemos tenido mucha relación en temas que hacen a los derechos humanos de las personas con discapacidad. Él va a hablar primero. Luego hablará el Arq. Rodolfo Livingston, que es quien prologó el libro de Silvia y autor de numerosos libros y muy conocido también por una labor muy prolífica, no solamente en la Argentina sino también en Cuba. Luego el Dr. Juan Carlos Volnovich, psicoanalista, con quien nos conocemos de hace muchos años y también desde Cuba, donde él estuvo en período de la dictadura, como exiliado, y después de Juan Carlos va a hablar Freddy Garay que es urbanista, si no me equivoco, no me atrevo a decir si sos arquitecto también ¿o tu perfil es como urbanista?
Freddy Garay: soy arquitecto
Eduardo Joly: arquitecto y urbanista. Y después yo voy a cerrar con algunas palabras. Como la nobleza obliga, le vamos a tener que dar la palabra a Silvia también, o tal vez para responder preguntas, si vemos que se suscita un debate.
Sin más, Martín, por favor...
 
Palabras del Dr. Martín Bohmer, Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Palermo.
Martín Bohmer: Muchas gracias. La verdad que para mí es un placer recibirlos hoy en la universidad. Con Rumbos y con Silvia en particular, tenemos una relativamente larga relación. El tema de la inclusión de minorías desaventajadas es un tema que yo vengo trabajando, personalmente, hace bastante tiempo y, estoy orgulloso de decirlo, la Facultad de Derecho de esta Universidad también. Empezamos hace muchos años, sí, 6 ó 7 años -que para la Argentina son muchos-, en el trabajo de derecho de interés público, con la relativamente ingenua idea de que teníamos muy buenas normas y que lo único que hacía faltaba era juntar a los clientes correctos con los abogados correctos para hacer de la situación en la justicia una situación más adecuada en lo ideal de lo que teníamos en el país.
La cuestión de la discapacidad y la inclusión nos hizo aún más idealistas, porque el primer caso que tuvimos, fue desde la Asociación por los Derechos Civiles pero con ayuda de la Clínica también, tuvimos una excelente clienta, en un relativamente sencillo caso, que ganamos además también con relativa sencillez, lo que nos hizo ver una especie de espejismo en las posibilidades que el derecho podía tener en la Argentina.
La cliente fue Adriana Labatón, el caso fue el caso que ella llevó adelante con nosotros contra el Poder Judicial, por la inexistencia de rampas en los edificios de Tribunales, que ganamos en primera instancia, ganamos en segunda instancia y de alguna forma, alguna cosa en la realidad logramos, alguna rampa, alguna accesibilidad mayor en Tribunales de lo que había antes.
Pero como digo, ese primer éxito constituyó una especie de espejismo porque las cosas eran mucho más difíciles de lo que pensábamos.
La relación entre nuestros clientes y nosotros mismos es más complicada que una relación personal, las Organizaciones No Gubernamentales que se dedican al tema de la discapacidad no son lo mismo que una sola persona y la agenda política de la discapacidad no siempre es tan clara como la falta de una rampa en un edificio público. Y eso lo aprendí con Rumbos y con Silvia, y nos obligó a modificar la agenda, por lo menos la forma en la que veíamos los abogados la agenda de la lucha por los derechos civiles en la Argentina.
El cambio de esa agenda es que los abogados veníamos con este espejismo y con esta sensación de que las cosas estaban claras y que lo único que faltaba era poner papeles en Tribunales, y de lo que nos dimos cuenta es que la lucha es mucho más compleja, y que los abogados somos apenas un instrumento más en una lucha política mucho más amplia, que incluye Organizaciones No Gubernamentales, movimientos sociales, profesionales y ciudadanos individuales.
Yo quiero creer además que también nos dimos cuenta de que alguna de las batallas de algunos de nuestros clientes, por ejemplo la batalla por la inclusión de personas con discapacidad, es una batalla más dentro de una pelea mucho más grande que es la batalla por la inclusión social en la Argentina y en esa pelea los abogados no hemos sido muy vociferantes, yo creo que al contrario, mis colegas y yo hemos sido demasiado silenciosos, en principio porque el único lugar en el cual los jueces, los abogados, el 50% de nuestros legisladores, todos los últimos presidentes de la democracia en la Argentina, que son abogados, se juntan, que es la Facultad de Derecho, ha callado sobre esta situación de violación permanente de derechos en nuestro país.
Así que por eso me congratulo que sea la Universidad quien los recibe. Sólo tengo una queja y es que el ingreso hoy de mis amigos es a través de la arquitectura, y eso me llena de celos profesionales, pero es cierto que hemos trabajado juntos en otras cosas en el pasado y seguiremos trabajando juntos en el futuro. Y la verdad que, a la lucha de las Organizaciones No Gubernamentales y de los abogados por los derechos de las personas son bienvenidas otras profesiones, como por ejemplo del arquitecto y que espero que esa relación, que no solamente se puede centrar en la cuestión de la discapacidad y la accesibilidad sino también en la cuestión de la accesibilidad económica, la accesibilidad a viviendas, de la cada vez más enorme cantidad de gente pobre que hay en nuestro país, también podamos enfrentar esos problemas de exclusión juntos.
Otra vez les doy la bienvenida, me alegro de este panel multidisciplinario y espero que después tengamos tiempo para conversar más largo. Gracias. (Aplausos)
Le devuelvo la palabra a Eduardo con la única nota al pié que quiero felicitar a Silvia por el libro. (risas)
 
Eduardo Joly: Antes de darle la palabra al arquitecto Rodolfo Livingston, quería señalar que, para algunos tal vez sea la primera vez y sea una sorpresa, para otros no, tenemos a una tipista veloz o lo más veloz que puede, que está tratando de transcribir en tiempo real, todo lo que nosotros vamos diciendo. Esto se va proyectando en esta pantalla que está aquí a mi izquierda y es para beneficio de aquellas personas hipoacúsicas o personas sordas que no pueden escuchar. Hay personas sordas que saben leer labios, hay personas sordas que no. Hay personas sordas que se manejan mejor con la interpretación de lenguaje de señas, razón por la cual también tenemos intérprete de lenguaje de señas.
Esto lo hago como un comentario de que la accesibilidad, desde como lo pensamos nosotros, no es sencillamente una cuestión de una rampa o una cuestión arquitectónica, también la accesibilidad a la información y a la comunicación es un eje clave para la inclusión.
Le dejo la palabra ahora al arquitecto Rodolfo Livingston.
 
 Palabras del Arq. Rodolfo Livingston:
Rodolfo Livingston: Prometí hablar poquísimo, porque somos varios en esta mesa, aunque debo decir que me cuesta mucho hablar poco porque me entusiasmé mucho con el libro, realmente.
"Lo urbano y lo humano" tiene mucho más de lo que figura en sus letras impresas. Es un libro disparador, uno no puede evitar asociar con una cantidad de cosas, como si fuera una pelotita de ping pong rebotando en otros rincones de la mente, en otros conocimientos. ¿Con cuáles? Mi expectativa sobre un libro relacionado con la discapacidad, se vinculaba con las medidas. Los arquitectos conocemos un libro (¿habrá muchos arquitectos aquí? ¿O son todos abogados?, ¿No hay ninguno? Levanten la mano los arquitectos. Ah, hay 7 u 8 arquitectos, que bien.) Decía que hay un libro al que le decimos "el Neufert", que nos dan cuando entramos a la facultad. Se llama "El arte de proyectar" y tiene las medidas de todo, desde cubiertos, gallinas, patos, todo lo que Uds. pueden imaginar (risas). El autor es un alemán que no se volvió loco porque le dejaron medir todo lo que había en el mundo. Si no estaría internado por ahí, era un obsesivo agudo, pero se salvó con el libro.
"El arte de proyectar..." arroja una visión antropométrica sobre el hábitat y tuvo mucha influencia. En los estudios de arquitectura pueden escucharse todavía diálogos como este:
  • Ché.. comedor diario, ¿cabe en 1,80?
  • Y sí, tenés 0,50 de sillas por dos, más 80 de mesa, sí, cabe.
Ese libro está lleno de señorcitos desnudos que se cruzan así, se sientan, se paran. Esta visión antropométrica es equivalente a la visión economicista que los economistas que tienen sobre la vida, visión que le corta al ser humano casi todo lo que tiene, porque el ser humano el yo, -lo definió Alfredo Moffat muy bien- es una suma de vínculos. Nosotros no somos lo que tenemos adentro de la piel, eso es poquísimo. A uno le ponen una capucha, que es lo que hacían esos desgraciados durante la dictadura, y termina por ser afectada nuestra identidad porque uno es la relación con las cosas, con los lugares, con nuestro pasado, con nuestros afectos, nuestros amigos y nuestras esperanzas y todo eso está en el libro de Silvia, incluso en el prefacio de Eduardo Joly.
Ella dice: "yo no partí de los discapacitados ni de la arquitectura, partí del tejido social". Eso es maravilloso, no quiero ahondar porque está en el libro, solo voy a tocar dos o tres puntitos no más.
Uno de ellos es la fantasía o el fantasma de la normalidad, - no me acuerdo cual fue la palabra que eligió Silvia- el promedio.
Los cubanos, que al principio estaban muy influenciados por los norteamericanos y después por los rusos, creían en la "vivienda tipo", "la familia tipo", un concepto que recorrió el mundo entero.
Durante una reunión en La Habana, alguien dijo "la familia tipo cubana es 4,3"
Sin embargo: yo nunca vi un 0,3 corriendo por el patio, contesté (risas). Es la trampa del "hombre medio".
Y los economistas hacen lo mismo, por ejemplo ¿cuál es el salario promedio? $350, dicen pero resulta que el 80% gana menos de $300 y un 15% más de $2.000 Muy pocos son los que ganan $350.
Dicen que un economista llegó a una isla habitada sólo por un pordiosero y un multimillonario. El multimillonario tenía 2 Rolls Royce. Entonces el economista concluye: el nivel de vida en esta isla es muy alto, un Rolls Royce per capita. (risas)
Todo esto nos conduce al cara a cara, al individuo.
Es posible –creo yo- que una de las razones que motivó la caída del comunismo ruso fue que sus gobernantes tuvieran la vista fija en los promedios y no sabían- cómo le iba a Igor Prokovsky, de la sección 4 A, departamento 3, del bloque 93.
Un concepto que aprendí del Dr. Eduardo Cárdenas -a quien probablemente conoce el Dr. Bohmer- es lo que denomina " modelo de déficit".
El medico se interroga: ¿Qué le falta a este tipo?, entonces lo pone. El profesional, abogado, médico o arquitecto es el que tiene la sapiencia y el otro es un receptor pasivo. Cuando Silvia termina el capítulo que dedica a la escuela, tan interesante, habla de la entrada en la escuela, y dice que es muy importante hablar con los niños para aprender cómo debe ser eso. Pero atención, lo que el niño, el paciente o el usuario dice, es su demanda manifiesta. Vamos a ver cómo la interpretamos, cómo decodificamos la demanda manifiesta para llegar a la demanda latente; una cuestión que se repite en derecho, en medicina y en arquitectura.
Los médicos por lo menos encaran este punto durante su formación, y lo llaman anamnesis, que es cómo escuchar. Los arquitectos, no sólo no aprendemos anamnesis, sino que ni siquiera alguien ha visto un cliente vivo en la facultad de arquitectura. Y los abogados tampoco consideran al arte de escuchar como parte importante de su trabajo.
Una señora viene y les dice: "Doctor, quiero que le haga un juicio a mi marido y lo reviente, porque es miserable". ¿Cómo reinterpretar eso? (risas). El profesional que hace lo que el cliente le pide, no hace lo que el cliente quiere.
Silvia pone, entre otros ejemplos, la señora que está en silla de ruedas y dice que no le interesa la cocina. Ella sigue preguntando con habilidad y descubre que esa señora creía que era imposible tener un horno para ella. Sobre esa suposición oculta descansaba su renuncia a cocinar. Cuando supo que seria posible para ella, se entusiasmó con poder hacerlo.
Esas cosas son altamente interesantes, y no sólo para un arquitecto también, para un abogado, para un médico, para cualquiera: entender al otro. Se trata de la decodificación de la demanda. No basta con escuchar, hay que saber cómo escuchar.
Y el último punto al que me voy a referir, son los sentidos diversos del espacio Yo me dedico a reformas, - es lo que más hago-, y me doy cuenta que puedo serle útil al cliente, gracias a que puedo alejarme, gracias a que no vivo en la casa. En muchas situaciones, a veces el cliente cree que tiene que construir arriba tres cuartos y resulta que si reacomodamos los espacios existentes, resignificando su sentido y lo que era el dormitorio se convierte en la cocina, y lo que era la cocina (como se sabe todas las casas en la Argentina tienen cocinitas miserables) es el lugar para la computadora, que puede ser chiquito, se logra de este modo crecer sin agregar metros cuadrados, casi un milagro geométrico.
¿Por qué al cliente no se le puede ocurrir eso? Porque sus lugares están significados por él. En ese espacio cocinó siempre. Está significado por él como LA COCINA. ¿Cómo reaccionaría si le dijera de golpe?: "Allí donde esta Ud. parada voy a poner un inodoro, ¿qué le parece?" (risas). El espacio de la casa no es el que motivaba a Isaac Newton, es un lugar y está significado.
Es interesante comprobar que para poder acercarme, para poder ayudarlo, debo alejarme y de este modo poder designificar y luego acercarme habiendo descubierto un nuevo sentido para sus espacios.
Silvia Coriat explica este fenómeno con un ejemplo interesantísimo. Hace una comparación entre las manifestaciones de los jubilados y los espacios para la vejez, que es otro capítulo imperdible también.
El capítulo "Espacio para la vejez" empieza comentando el sentido del término "la clase pasiva", en un mundo interactivo. Compara con el espacio de los manicomios, en lo cual Moffat aporta mucho. Dice Moffat que el manicomio, aún los buenos, en Estados Unidos, están más prolijos, más limpios que los de aquí pero son espacios enloquecedores porque producen anomia; el tipo no sabe dónde es adelante, dónde es atrás, no tiene sus retratos, sus cosas y tampoco tiene tiempo, el tiempo es todo igual. Es igual ayer que mañana, ahora que después (¿será así el cielo, me pregunto ahora...? Todo un problema). Eso enloquece. El shopping es un espacio anómico también, esas escaleras mecánicas que suben y bajan y uno está estrellado contra un fideo que muestran el mismo jean, con una musiquita lavada como fondo Es un espacio hamster (risas) tirurú-tirururu y todos suben y bajan frente a la misma vidriera.
Si a un viejo le dicen que es clase pasiva y no tiene proyectos, dice Silvia, el espacio podría estar pintado de amarillo, y podría salir en una revista de decoración, pero ¿qué es para él ese lugar?. ¡Qué importante es entender los significados del espacio!
Fíjense que los ingleses tienen un verbo, "to be" que sirve para decir ser o estar; estar es ser y ser es estar.
A mí me parece maravilloso este libro, creo que le sirve a cualquier profesional, ojalá que lo lean los arquitectos. Porque, además, discapacitados somos todos, en una medida u otra. Al pobre tipo que no lo dejan abrir una ventana en la medianera en el piso octavo, nada más que por capricho, por ejemplo. Todo un tema. Nada más, muchas gracias. (aplausos)
 
Eduardo Joly: Me llamó la atención cuando Livingston preguntó quiénes eran arquitectos y algunas manos así tibiamente empezaron a alzarse, con lo cual da la tónica que aquí presente realmente hay un perfil de público muy diverso, muy diverso profesionalmente, muy diverso en actividades que realiza. Y de alguna manera este público le hace honor a la intención del libro.
Ahora lo dejo a Juan Carlos Volnovich.
 
Rodolfo Livingston: Es un poco preocupante que haya tan pocos arquitectos, debo decir, porque hablamos del espacio y la vida.
 
Palabras del Dr. Juan Carlos Volnovich, psicoanalista:
Juan Carlos Volnovich: Escribir un libro acerca de la discapacidad que satisfaga a los así llamados discapacitados es una empresa meritoria y difícil. Escribir un libro que satisfaga a los así llamados capacitados, es un logro menor, aunque logro al fin. Pero lo que es del todo excepcional es dar con un texto que a la vez llegue realmente a los discapacitados y a los capacitados, a los que nada tienen que ver con el tema, y a los que lo padecen cotidianamente. Así, a la escasa familia de autores que han logrado transmitir las vicisitudes citadinas que dominan la vida de los discapacitados, sin dejar de interesar ni de aportar reflexiones nuevas a aquellos para quiénes todo eso nos es aparentemente ajeno, a esa escasa familia, decía, se suma ahora Silvia Coriat.
Silvia ha logrado escribir un libro amable, en el mejor sentido de la palabra amable. Digno de ser amado por la sencillez con la que instala reflexiones inteligentes y, también, por la ternura con la que nos descoloca. Quiero decir: la visualización de la violencia que cada uno de nosotros ejerce sin querer sobre aquellas y aquellos que se resisten o se ven impedidos de incluirse dentro de la norma, la denuncia de esa violencia, no se contagia de violencia y es así como este libro logra dulcemente capturar el interés del lector al tiempo que instala reflexiones críticas allí donde uno tenía asegurada una certeza.
"Lo urbano y lo humano" se transita con el placer al que nos tienen acostumbrado esos poemas o esas canciones que nos dejan siempre con la duda acerca de si están destinadas a los expertos exigentes o si fueron escritos para quién nada sabe del tema. Si es un ensayo erudito o si se trata de un texto de divulgación.
Escribiendo Silvia, teje. Tejedora, lo hace a la manera de artesana que conoce su oficio. Aborda el tema desde una visión estrictamente arquitectónica y lo abandona, lo deja colgando para retomarlo después desde lo urbanístico, pero solo para volver a soltarlo. Es entonces cuando desde lo social a veces, o desde lo psicológico apenas insinuado en clave de testimonio, lo retoma para anudar la trama de manera que casi todo lo anticipado adquiere sentido. Y digo "casi todo" -y no todo- porque ese nudo que ata cabos y que de ese modo va construyendo su red, le da espesura, densidad y sostén a las hebras sueltas, no clausura sino que produce un movimiento de apertura que invita a seguir tejiendo un plexo infinito; plexo que se despliega en dos direcciones a la vez: en la del flujo del discurso textual y en las líneas de fuga del lector.
"Lo urbano y lo humano" tiene ocho capítulos, un anexo y un glosario. Viene precedido por el prologo de Rodolfo Livingston, el prefacio de Eduardo Joly y una introducción de la propia autora.
Cada capítulo tiene un título incitante:
Discapacidad y sociedad.
Arquitectura y respuesta social.
Ergonomía.
Respuesta arquitectónica.
Niños.
El hábitat en la vejez.
Una ciudad accesible,
y
En apoyo a la integración.
Este último incluye los datos acerca de la Fundación Rumbos que se despliega en el amplio marco de la investigación, la docencia, el asesoramiento y la difusión de los derechos de las personas con discapacidad.
De punta a cabo, el libro está presidido por un interrogante fundamental ¿De qué hablamos cuando aludimos a la discapacidad? ¿De qué hablamos cuando aludimos a lo humano?
Quiero decir, si de verdad acordamos con que la universalidad de lo "humano" está limitada y acotada por el relativismo cultural, pues entonces las minorías tendrían todo el derecho del mundo en reclamar el reconocimiento de sus diferencias. Así ser diferente no necesariamente supone ser deficiente. Hoy en día a nadie se le ocurriría hacer lo que durante tanto tiempo se hizo: contrariar a un zurdo para que se subordine a la hegemonía de los diestros. Me refiero, claro está, a un zurdo de mano, no de ideología. (risas) Por que no me cabe duda que son muchos los que están dispuestos a contrariar a los zurditos de ideología para que acepten las normas de derecha. La izquierda, sigue siendo siniestra para los diestros de derecha.
No obstante, actualmente, pertenecer a la minoría de zurdos de mano o de pierna es nada más que eso: aceptar y tolerar que se tiene una habilidad diferente, ni mejor, ni peor que la del resto y que merece todo nuestro respeto. Hoy en día, a nadie se le ocurriría contrariar a un zurdo para que se subordine a la hegemonía de los diestros. Pero aún hoy, son muchos los que pretenden que los sordos hablen.
Si la sordera -y voy a poner esto sólo como ejemplo-, es tomada como una discapacidad, como un defecto, se impone entonces la intervención de la medicina para su "rehabilitación". Y la ciencia -ya se sabe- viene acompañada de audífonos, implantes cocleares, de métodos digitales para reparar la "falla", de reeducación y ortopedia para que los sordos puedan ver los sonidos y, por qué no, para que puedan emitirlos. Ahora bien: reducir el abordaje de la sordera a la rehabilitación médica y a la cibernética parecería ser lo mismo que -y cito a Silvia Coriat- "confundir los problemas que tienen las mujeres con la ginecología o encarar el problema del racismo desde la dermatología".
Que la zurdera y la sordera es una discapacidad y que la reproducción de los discapacitados es una aberración -como lo sugirió el caso de Sharon Duchsneau y Candice McCullough, las lesbianas sordas que se hicieron inseminar semen de un sordo para tener la certeza de que iban a procrear un hijo o una hija sorda- supone algo así como escandalizarse porque los negros del África no se deciden a tener sus hijos en los Estados Unidos para que su "producto" se integre a la cultura dominante, o sostener que los pobres no deberían procrear, cuestión de evitar que su descendencia sufra el destino de exclusión que, ya se sabe, les espera.
Y aquí entra en escena Silvia Coriat. Quiero decir: este libro nos enfrenta a uno de los problemas no resueltos de la modernidad que, en el campo filosófico, supone la barrera del nominalismo y la cuestión de si existen o si no existen fallas. Porque una cosa es afirmar que estamos ante la presencia de transformaciones y otra, muy distinta, es la de afirmar que nos enfrentamos a fallas. No es lo mismo sostener que un loco es una falla de la normalidad, a decir que un loco se corresponde con la transformación de una conducta esperable y, tal vez, con la transformación de un deseable cerebro "tipo".
Entonces, en una época tan gris de la historia como nos ha tocado vivir, aquí, entre nosotros, Silvia nos entrega una obra inquietante. Si hasta hace muy poco tiempo atrás para los capacitados, la presencia de los discapacitados en el espacio urbano era algo molesto que debía ser desplazado y evitado porque los valores de la humanidad descansaba en los normales, ahora la ciudad se ha llenado de discapacitados de muy distinto tipo que, cual horda, amenaza apropiarse, no sólo del espacio confortable de la ciudad sino, también, pretende hacerse cargo de los más caros valores humanos. Quiero decir: las minorías, que ya solo eufemísticamente podemos seguir llamando minorías, encarnan ahora los ideales de comprensión, respeto y amor al prójimo de la mayoría. Quiero decir, hoy en día, la humanidad descansa más en la multitud de discapacitados que pueblan la ciudad, que en los capacitados militares, los políticos capacitados, los capacitados jueces, que se atrincheran en cuarteles, tribunales y espacios reservados.
Lo urbano y lo humano, hábitat y discapacidad es el libro amable y necesario que Silvia Coriat nos entrega hoy.
Son éstas entonces las que aquí traigo, palabras de amigo y palabras de lector atravesado, conmovido, por la aparición del libro.
Los sentimientos y las ideas que comparto ahora con ustedes, estas palabras que de no conocerme como divagador impenitente hubiera preferido improvisar, surgieron de una lectura que no ha sido una lectura solitaria. Frente a este libro, no estuve solo. A medida que me internaba en el océano de esta producción, se me iban apareciendo las imágenes de los discapacitados que conocí a lo largo de mi vida y también mi propia experiencia como discapacitado. Atravesado por recuerdos de infancia leí este libro y, a medida que se iba desplegando, mantuve diálogos imaginarios entre el pibe que fui y el viejo que soy. Así, llegué a la conclusión que éste era - aun sin saberlo, aun sin que Silvia se lo hubiera propuesto- un libro que Silvia escribió para mí, destinado a mí para que yo pudiera hilvanar los fragmentos desperdigados de mi historia.
No obstante, debo reconocer que un abismo, una distancia insalvable me separa de Silvia. Ella escribió este libro, y yo, nosotros somos sus lectores. La escritura, ya se sabe, está del lado de lo fijo, de lo inmutable; es, si se quiere, conservadora. Por el contrario, la lectura está del lado de lo efímero, es siempre innovadora. La lectura es ese acto singular que resiste indoblegable a cualquier imposición de sentido. En principio porque la lectura no está inscripta en el libro y, a despecho de la intención que como autora pueda asignarle, la interpretación que del texto hagamos nosotros queda libre de volar por donde Silvia no lo ha previsto. Entonces, ya que este libro no existe a no ser por la significación que nosotros como lectores y lectoras podamos otorgarle, aceptemos el desafío de llenarlo de sentido.
Michel de Certeau decía que "el valor de un texto está determinado por la exterioridad del lector. El valor de un texto se encuentra en el juego de implicaciones y de astucias entre dos tipos de expectativas combinadas: la que organiza un espacio legible (una literalidad) y la que da los pasos necesarios para la ejecución de la obra (la lectura)."
Y es también de Michel de Certeau la maravillosa descripción que hace de nosotros como comunidad de lectores: viajeros que circulamos por las tierras del prójimo, nómades furtivos a través de campos que no hemos escrito arrebatando tesoros ajenos para disfrutarlos. Cada uno de los lugares por donde pasamos es repetición del paraíso perdido.
Decía abismo. Decía distancia insalvable. Silvia escribió. Ahora, léanla. Transiten el libro, circulen por su texto, háganlo volar, pasen y repasen por su paraíso perdido. Llévenlo allí donde ella no pudo imaginarlo.
Lo urbano y lo humano es tan claro y transparente como consistente y riguroso. Está maravillosamente escrito y estoy seguro que reactualizará en cada una y en cada uno de ustedes el placer que solo se siente cuando nos enfrentamos a una obra mayor.
Yo, por mi parte, de la lectura de este libro salí con una vida urbana un poco más humanizada. Porque es un libro que contagia humanidad. Uno no más lo lee y ya se siente mejor persona. Aporta dignidad donde no la hay, ayuda a registrar la inteligencia que tenemos y que no usamos y nos potencia la sensibilidad de la que disponemos.
Entonces, hagan la prueba, léanlo! Y van a ver como se vuelven, siempre urbanos, más humanos de lo que hasta ahora fueron. Apresúrense a comprarlo, a recomendarlo. Un consejo, no lo presten; ni aun cuando hayan acabado de leerlo porque es de esos libros que resisten la práctica de la relectura.
Pero, por sobre todas las cosas, disfrútenlo como lo he disfrutado yo. (aplausos)
Eduardo Joly: Decir que estoy emocionado hasta la médula es poco.
Freddy Garay, el micrófono es tuyo.
 
 
Palabras del Arq. Alfredo Garay, urbanista.
Alfredo Garay:
Siempre me impresionó la idea de que "todo lo humano me interesa". Al repasar este libro también me doy cuenta que también todo lo urbano me interesa.
Una vez charlando con el Secretario de Planeamiento de Shangai le preguntaba qué opinan ellos sobre las ciudades. Él me contestó que en China consideraban que la ciudad era un hecho positivo. Y me dio cuatro datos: en la ciudad disminuye la mortalidad infantil; disminuye el analfabetismo; aumenta la esperanza de vida y disminuye la natalidad. Me daba cuatro datos objetivos que, claro, para un chino, en un mundo multitudinario, resultaban relevantes.
En realidad yo le estaba haciendo una pregunta de fondo para un urbanista, sobre la que frecuentemente tenemos dudas: ¿La ciudad ha sido un hecho bueno o malo para la humanidad? Sobre todo a la luz de las conclusiones del último encuentro del hábitat, que se hizo en Estambul, donde la ciudad se presenta como la forma como vive el género humano, ya que el 80% de la población del mundo vive en ciudades.
Hoy, frente a este texto me pregunto también, para quien padece alguna discapacidad, ¿la ciudad ha sido o no un hecho positivo? Cuando miramos la ciudad llena de obstáculos, pensada -como dice Silvia- para un modulor, para un hombre abstracto, me pregunto si en los hechos las características del fenómeno urbano no había vuelto más dolorosa la vida de aquellos que encaran la vida a partir de alguna dificultad.
En ese punto les confieso: me hizo muy bien leer el libro de Silvia. Por muchas razones. Primero porque empieza a repasar este fenómeno de la ciudad en la historia, y me acordaba que Silvia participó en los cursos de Claudio Caveri, que siempre está buscando una explicación analizando la historia.
Desde esta perspectiva se puede constatar que por un lado la ciudad ha construido una nueva realidad cuya fisonomía frecuentemente establece obstáculos para el desarrollo de algunas personas, pero también ha construido un tejido social, un conjunto de interrelaciones solidarias que permiten que las personas se rebelen contra esas condiciones físicas y puedan transformarlas.
Me interesó del texto cuando pone en duda el "sentido común". Cuando Silvia nos propone cuestionar aquellas dimensiones de nuestra vida donde los problemas han sido naturalizados, han sido aceptados y han pasado a formar parte del paisaje. Un sentido común, profundamente injusto, discriminatorio, doloroso, que produce sufrimiento. Quizás como en el libro de Aldous Huxley, "Un mundo feliz", solo alguien diferente puede tener esa mirada que pone en crisis el sentido común de una sociedad.
En este caso, la posibilidad de poner en duda el sentido común, lo naturalizado, lo que nos parece regular, desde una mirada nueva, nos hace tomar conciencia que los hombres somos todos propietarios, herederos, signatarios de alguna restricción.
Apareció aquí una segunda gran constatación, que me develó Silvia, y que también constituía una cuestión medular en el discurso de quien me antecedió en la palabra, darme cuenta que, como evolución de mi propia vida, también con el tiempo me voy convirtiendo en un discapacitado. Que ya no veo como veía, que ya no oigo como oía a, que tropiezo con los obstáculos que la realidad me interpone, que ya no tengo memoria, que la ciudad se me hacía cada vez más hostil.
Un primer abordaje nos llevó a constatar que las viviendas no tienen en cuenta las necesidades de las personas que tienen una discapacidad. Mas adelante comprendí que las viviendas se deberían adaptar y por lo tanto incorporar en el proyecto la posibilidad de transformarse, de adecuarse para albergar a alguien que tiene una discapacidad.
Luego también acepté que una casa cualquiera debe poder acoger un amigo con alguna discapacidad, de modo que todas las construcciones deberían en rigor asumir unos estándares mínimos que no discriminen alguna discapacidad.
Por último tuve que aceptar que todos los que habitamos una vivienda, con el tiempo, vamos haciéndonos cargo de diferentes discapacidades, en donde los mismos espacios con que hemos convivido se nos empiezan a presentar como obstáculos. Es decir, nuestra propia historia nos va hermanando, nos va igualando, nos va haciendo comprender y padecer. Nuestra propia experiencia termina demoliendo los supuestos básicos de ese sentido común.
Me parece que es este el nudo central de la lectura de este libro, que, obviamente, después Silvia enfrenta aportando soluciones, que no se limitan a concebir un nuevo sistema de medidas (un nuevo modulor) sino que contribuye a la construcción de un tejido social diferente, de nuevas formas asociativas solidarias, de reivindicaciones convertidas en derechos, sancionadas como leyes.
Tendremos que agradecerle a Silvia su contribución para poner en crisis nuestro sentido común y para proponernos los grandes rasgos de un nuevo paisaje.
Muchas gracias Silvia. (aplausos)
 
Palabras de cierre del Lic. Eduardo Joly, sociólogo, Presidente de Fundación Rumbos:
Eduardo Joly: En este libro está presente, diría omnipresente, la persona con discapacidad, como persona con derechos. Con el derecho a desear, a pensar, a sentir, a reclamar, a idear, a construir su presente y futuro.
Y también está presente el profesional, sea arquitecto, médico, psicólogo, educador, u otro, como persona atenta en su escucha para transformar y aplicar su saber en función de esta persona con discapacidad.
Ambos, la persona con discapacidad y el profesional, son protagonistas privilegiados en un juego dialéctico de construcción social del hábitat.
También está presente el funcionario y el político, convocados a prestar atención al reclamo de las organizaciones de las personas con discapacidad, a consultarlas al formular políticas públicas y ejecutar acciones puntuales, y reconocerles el papel de fiscalizadores de las obras que supuestamente se realizan en su beneficio.
La persona con discapacidad, como destinatario de políticas, como usuario de espacios construidos, como sujeto activo y pensante, debe estar involucrado en la toma de decisiones de todo aquello que lo concierne. Es un elemental derecho de participación democrática. Y es la garantía de que lo que se haga le sea útil.
Para mí, el valor del libro radica en estos protagonismos. Y para citar a Rodolfo Livingston en su prólogo al libro, radica en la convocatoria que hace a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad. (Aplausos)
Eduardo Joly: Me gustaría pasarle tal vez el micrófono a Silvia -si es que puede-, tendría una pregunta que sería ¿qué te pasó a vos como arquitecta cuando te metiste en este tema?
 
Palabras de la Arq. Silvia Aurora Coriat, autora del libro "Lo Urbano y lo Humano: Hábitat y Discapacidad" y Responsable del Área Accesibilidad en Fundación Rumbos:
Silvia Coriat: Primero tengo que decir que quedé absolutamente apabullada con las intervenciones, que me encantaron, me sorprendieron y después de eso es un poco difícil seguir hablando.
¿Qué me pasó cuando me encontré con este tema?
Cuando yo me reencuentro con Eduardo y empezamos a transitar un recorrido juntos, me enfrento con una ciudad distinta a la que conocía como la arquitecta que había sido hasta ese momento y empecé a modificar la arquitecta que era. Tengo que reconocer que cuando Eduardo me propone, y me conmina más bien, a que me dedique al tema de barreras arquitectónicas (risas), yo todavía tenía un resabio de ese prurito de los arquitectos, vaya a saber - vaya a saber, no: hay una cantidad de explicaciones - pero ese prurito, como que era un tema suntuario, porque son tan pocos. Y aunque había estado en los congresos de barreras arquitectónicas que habían habido hasta el momento porque me parecía que era un tema importante, me doy cuenta ahora que cuando, por ejemplo, yo iba por la calle y veía alguien que quería cruzar la calle y estaba con una silla de ruedas -y por supuesto que no había rampas-, yo pensaba: uy, esa gente tiene un problema con la calle, qué cosa. Y esa manera de ponerlo en esa persona, lo fui transformando y apropiándome de un plural que era: tenemos un problema con la ciudad.
Al mismo tiempo me di cuenta que, en general, este problema se manifestaba en cosas que parecían muy chiquitas. Por ejemplo: el cordón de la vereda, en general, tiene entre 12 y 15 cm. de alto. No es casi nada. En una escala de diseño los 12-15 cm. generalmente no aparecen al principio. Sin embargo, si desde lo urbano no fue tenido en cuenta y desde el diseño inicial no fue tenido en cuenta, es imposible de salvar esos 15 cm. después.
Es un problema pequeño, de cosas de tamaño chiquito pero que tiene un origen muy profundo y muy abarcante. Es algo muy difícil de hacer entender en planeamiento urbano y en las modificaciones que pedimos para el Código de Edificación. Parece que uno estuviera pidiendo pavadas.
Otro tema del que me di cuenta fue que, curiosamente, aunque yo estuve 10 años en una cátedra de morfología en la que las formas sólo podían ser concebidas en relación a las cosmovisiones que las generaron, y por lo tanto no se disociaban del ser humano, esa relación entre las formas - sea por ejemplo de los edificios, de las calles, de los muebles, de las mesas, las formas y las personas - aparecía a un nivel contextual, a un nivel ideológico. Pero no aparecía esa relación tan concreta de una persona de carne y hueso en un recorrido que está haciendo, en una actividad que está desarrollando; en el análisis morfológico más conceptual no aparecía lo funcional.
Por otro lado, cuando empiezo a profundizar en "barreras arquitectónicas", y en las causas que las generan, me encuentro con esas figuritas tipo Neufert, congeladas y aisladas una de otra, una personita en silla de ruedas, tratando de meter las rodillas abajo de una mesa, tratando de alcanzar algo, durmiendo. Es decir, eran todas imágenes congeladas, sueltas.
Eso es lo que se difundía o lo que se pretendía difundir a los arquitectos, juntamente con la noción de: se debe hacer así, se debe, se debe.
Entonces lo que faltaba ahí era, justamente, encontrar el sentido de todo eso, es decir, el relato de las personas que necesitan ese tipo de características de los espacios. Yo entendí que no interesaba tanto las características de los espacios sino de las personas, para poder traducirlo desde la arquitectura a los espacios. Era como que ya venía todo masticado y no había nada que diseñar.
Entonces me pareció fundamental poder atar esos conceptos, analizar y expresar qué pasa con lo cultural, con toda una cosmovisión, una manera de concebir la sociedad, cómo eso se traduce en una visión de la espacialidad y cómo ésta, a su vez, se refleja en el diseño de los objetos y de los edificios.
Y el resultado fue el libro, donde también aparece otro elemento: trato de rescatar o de re-escribir algo que es un clásico en la formación de los arquitectos: el listado de necesidades, con un gran vacío: la relación con el comitente.
Es cierto, en la facultad jamás nos encontramos con un cliente vivo, aunque al cursar la materia "Diseño", un punto presente es dicho listado. De Diseño 1 a 5 nos encontramos con el listado de necesidades o listado de requerimientos; prolijamente hay que escribir toda la lista. Los da la cátedra. De lo que se trata, entonces, es -justamente-, de la participación conjunta con el arquitecto de los usuarios, en este caso las personas con discapacidad, y de esa manera esto se vincula también con un concepto que viene de los derechos humanos, que es el de protagonismo, es decir, protagonizar el propio proyecto de vida y, por lo tanto, el de proyectar los espacios que se habita. Nada más.
Muchas gracias a todos. (Aplausos).
 

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