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LA DISCAPACIDAD: UNA CONSTRUCCIÓN SOCIAL AL SERVICIO DE LA ECONOMÍA [1]

Eduardo D. Joly, MA en Sociología [2]

 
Clase dictada el 20 de octubre y 12 de noviembre de 2007 en el Posgrado de Actualización y Profundización en  Discapacidad – 2007 - Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires (Director: Dr. Pablo Oscar Rosales, Coordinación Docente: Lic. Beatriz Pérez)
 

¿Qué entendemos por discapacidad? [3]

Si acudimos al diccionario de consulta obligada sobre usos del idioma español, el de María Moliner[4], vemos que las capacidades tienen que ver con cualidades mensu­rables y a su vez positivamente valoradas en lo cultural, ideológico, produc­tivo y legal. Ser capaz de algo o en algo aparece como condición de valoración social. Los ejemplos de uso propuestos por María Moliner no son casuales. Apuntan a cualidades esperables del ser humano como ser pensante (o inteligente / con conocimientos), resiliente (o tenaz), productivo (o con capacidad de trabajo), potente y virtuoso.
De hecho, en la educación formal se apunta – o al menos se debería apuntar – a desarrollar estas cualidades, y en el trabajo a aprovecharlas. Mediante exámenes se evalúa y mide el nivel alcanzado en lo que hace a conocimientos (o desarrollo de la cualidad pensante), y se lo reconoce socialmente mediante títulos o licencias que a su vez se esgrimen para poder poner en juego dichas capacidades en el mundo laboral. También se mide y evalúa la supuesta capacidad productiva o aptitud para el trabajo mediante exámenes psico-físicos laborales. Y en el trabajo, se mide y reconoce la aplicación práctica de estas cualidades mediante una remu­neración. O al menos, eso es lo que todo trabajador pretende.
Si volvemos a María Moliner, y ahondamos en la definición que ella ofrece para “discapacidad”, el diferencial semántico de “capacidad”, nos encontramos con una clave de respuesta que apunta a la noción de condicionamiento biológico que a su vez conlleva implicancias sociales, culturales, y por cierto legales.
Según esta autora...
*       Discapacidad” se entiende como “Incapacidad física o mental causada por una enfermedad o accidente, o por una lesión congénita”, emparentándola con...
*       Minusvalía”, que define como “Detrimento o disminución de valor que sufre una cosa” y también como, “Incapacidad física o mental”.  Y, para seguir con esta suerte de concatenación de sentidos...
*       Incapacidad” se define como “Cualidad o estado de incapaz” [no capaz, falto de aptitud inepto, inútil, falto de capacidad legal para administrar bienes o para otra cosa, impotente], y luego como “Causa que incapacita, en particular, legalmente” [inhabilitar].
O sea, la disminución de valor de un poder hacer, de una capacidad esperable en un ser humano, el estado de “incapacidad”, conlleva la marca ideológica y cultural de ineptitud, la marca social de inutilidad (pensada en la esfera productiva), y además y por tanto, la inhabilitación legal como sujeto de derecho.
Sin embargo, quiero destacar que este binomio “capacidad – discapacidad”, y su par “capacitado – discapacitado”, va mucho más allá de un mero diferencial semántico, y opera con peso propio sobre la conciencia de las personas, enca­si­llándolas en una realidad social u otra. De hecho, en el discurso social, no suele hablarse de “capacitados”, de “personas capacitadas”, o de “personas con capaci­dad”. Se los da por sentado, se supone que esa condición es la prevalente, la normal, la aceptable, la compartida y valorada. Sin embargo, se habla de “disca­pacitados”, de “personas discapacitadas”, o de “personas con discapacidad”, para designar a los otros, los que no reúnen las condiciones supuestas y deseadas para todo ser humano. Y esta designación, que señala una “carencia” más que una “diferencia”, expresa en el discurso una construcción social que la sustenta, que le da sentido. Y sobre esta construcción social es que me quiero detener.
Cuando digo que la discapacidad es una construcción social,[5] quiero decir que es algo que se construye a diario en las relaciones sociales entre las personas, en las decisiones que tomamos, en las actitu­des que asumimos, en la manera que pensamos, construimos y estructuramos el entorno físico, social, cultural e ideoló­gico en el que nos desen­volvemos. 
 

La discapacidad, ¿es un problema de salud?

El concepto prevalente en nuestra sociedad es que la discapacidad es un problema de salud que aqueja a individuos. Revela la muy común confusión entre discapacidad y enfermedad.[6] Desde la medicina, se ha tendido a pensar a la discapacidad como originada en una enfermedad, y secundariamente en una lesión (pensada esta última desde el modelo de la enfermedad). No es casual que el organismo internacional que se ha ocupado históricamente del tema haya sido la Organización Mundial de la Salud y que durante años haya enfocado la proble­mática desde lo que se conoce como el modelo médico de la discapacidad. Y desde este modelo, la tarea prioritaria con relación a las personas con discapaci­dad [de aquí en más PCD] concierne el restableci­miento de su salud, gracias a lo cual se supone dejarían de ser PCD y pasarían a ser personas comunes y normales.
En Argentina, los organismos oficiales que se ocupan de discapacidad[7] toman como punto de partida y definición el documento “Clasificación Interna­cional de deficiencia, discapacidad y minusvalía” (CIDDyM) que aborda el concepto de discapacidad desde las consecuencias de la enfermedad. Esta clasificación esta­blece las siguientes distinciones[8]:
Deficiencia: “[como] toda perdida o anormalidad de una estructura o función psicológica, fisiológica o anatómica”. La deficiencia representa la desviación de alguna norma en el estado biomédico del individuo. Representa la exteriorización de un estado patológico y, en un principio, refleja las perturbaciones a nivel del órgano.
Discapacidad: “[como] toda restricción o ausencia (derivada de una deficiencia) de la capacidad de realizar una actividad en la forma o dentro del margen  que se considera normal para un ser humano”. Representa la desviación de norma desde el punto de vista de la actuación como individuo.
Minusvalía: “[como] una situación desventajosa para un individuo determinado, consecuencia de una deficiencia o de una discapacidad, que limita o impide el desempeño de un rol que es normal en su caso (en función de la edad, el sexo y factores sociales y culturales)”.

¿Es algo que le acontece al individuo?

La definición se ubica en conceptualizar a la discapacidad como algo que le acontece al individuo, primero a nivel patológico, y luego en las supuestas conse­cuencias de dicho estado patológico en función de un quehacer esperado, para finalmente categorizarlo como una desventaja que limita o impide el desempeño de un rol.
Quiero remarcar que en esta conceptualización se habla de lo que le acontece a un individuo, no a un grupo social. La mirada es tradicionalmente médica, desde la clínica, y por cierto ni epidemiológica y menos aún social. Y por ende, todo lo que pueda pensarse sobre la problemática estará y de hecho está limitado por dicho enfoque[9]
A modo de ejemplo, quiero presentar dos maneras muy diferentes de preguntar acerca de la discapacidad. Una de ellas tomada de un estudio realizado sobre adultos con discapacidad en 1986 por la Oficina de Censo de Población y Encuestas de Inglaterra, y el otro, una propuesta de Michael Oliver, sociólogo inglés.[10]
 
OPCS (Office of Population Census & Surveys), 1986
Preguntas alternas propuestas por Michael Oliver
¿Puede decirme qué le aqueja?
¿Puede decirme qué aqueja a esta sociedad?
¿Qué problema le causa su dificultad para sostener, asir o desenroscar cosas?
¿Qué defectos en el diseño de elementos de la vida diaria, tales como jarras, botellas y latas, le generan alguna dificultad para sostener, asir o desenroscarlas?
Sus dificultades para comprender a otros ¿se deben principalmente a un problema auditivo?
Su dificultad para comprender a los demás ¿se debe principalmente a que los demás no saben cómo comunicarse con Ud.?
¿Tiene Ud. una cicatriz, mancha o deformidad que limite sus actividades diarias?
Las reacciones de los demás a alguna cicatriz, mancha o deformidad que Ud. pudiera tener ¿lo limita a Ud. en sus actividades diarias?
¿Ha ido Ud. a una escuela especial debido a un problema de salud crónico o discapacidad?
¿Ha ido Ud. a una escuela especial porque la política de las autoridades educativas de su zona consiste en enviar a personas con su problema de salud o discapacidad a tales escuelas?
Su problema de salud/ discapacidad ¿significa que Ud. tiene que vivir con  parientes o con alguien que pueda asistirlo?
¿Acaso los servicios comunitarios son tan pobres que Ud. precisa depender de parientes u otras personas para  que le brinden el nivel de asistencia personal apropiado?
¿Se mudó Ud. aquí debido a su problema de salud/ discapacidad?
¿Qué fallas en su vivienda lo llevaron a mudarse aquí?
¿Cuan difícil le resulta desplazarse por sus propios medios por su barrio?
¿Cuáles son las restricciones en el entorno que le dificultan a Ud. desplazarse por sus propios medios por su barrio?
Su problema de salud/ discapacidad ¿le impide salir todo lo que quisiera o ir hasta donde quisiera?
¿Hay algún problema de transporte o de dinero que le impide salir todo lo que quisiera o ir hasta donde quisiera?
Su problema de salud/ discapacidad ¿le dificulta viajar en ómnibus?
El mal diseño de los buses ¿dificulta usarlos por parte de quienes tienen un problema de salud/ discapacidad como el suyo?
¿Acaso su problema de salud/ discapacidad le afecta en su trabajo de alguna manera hoy en día?
¿Tiene Ud. problemas en su trabajo debido al entorno físico o a las actitudes de los demás?
 
Así como las preguntas formuladas por OPCS se centran en la discapacidad como algo que concierne al individuo, las de Michael Oliver destacan la producción social de la discapacidad en función de como la sociedad impone restricciones y segrega a las personas que por ende discapacita.
 

¿Cuales son las implicancias de una mirada desde el modelo médico de la discapacidad? Cura y rehabilitación

Como dije hace un momento, la tarea prioritaria con relación a individuos con discapacidad concierne el restablecimiento de su salud, gracias a lo cual se supone dejarían de ser individuos o PCD y pasarían a ser personas comunes y normales. Este reestablecimiento de la salud conceptualmente y en la práctica ha pasado por esfuerzos de curar a la persona de aquello que la aqueja.
A esto se abocan diversos profesionales de la salud y anexos, algunos con mayor especificidad que otros, según la deficiencia o patología de origen en cuestión. Más aún, hay especialidades (en verdad debiera decir generalidades) que surgie­ron justamente para atender estos esfuerzos, tales como la fisiatría, también conocida como medicina física y rehabilitación. Las especialidades que se ocupan del tema son: neurología, ortopedia y traumatología, urología, kinesiolo­gía, psicomotricidad, terapia ocupacional, y psicología, entre otras.
Sin embargo, el abordaje médico de pacientes con discapacidad a menudo resulta contradictorio para muchos de estos profesionales.[11]
Por ejemplo, es muy frecuente escuchar a profesionales de la salud expresar su resis­tencia a tratar a personas con discapacidad o a consi­derar que los esfuerzos en este campo suelen ser estériles o frustrantes, ya que los casos son de “mal pronóstico”.
Quienes se resisten a tratarlos, aducen que “no saben qué hacer” ante estos casos. Por dar un ejemplo, llega un paciente (que a primera vista tiene discapaci­dad) con estado febril al médico clínico o al pediatra que lo deriva o bien a un neumonólogo o a un neu­rólogo, para investigar si la fiebre tiene algún origen vinculado a la discapacidad, sin siquiera preguntarse si este estado febril no es sino uno más del montón de estados gripales que viene atendiendo. La disca­paci­dad se le presenta al profesional como atributo determinante de todo lo que pueda acontecerle al sujeto y por ende requiere de un profesional especiali­zado, y si se especializa en pacientes con discapacidad, mejor. Aquí, el clínico o pediatra revela un prejuicio social y culturalmente generalizado – y por cierto inconsciente – de que la discapacidad constituye una entidad absolutamente diferen­ciada de lo habitual, de lo normal.
Prevalece también la noción de que la persona con discapa­ci­dad tiene limitadas pers­pectivas y que su existencia seguramente será vegetativa, improduc­tiva, marcada por una letanía de secue­las que configu­rarán una existencia de depen­dencia médica, psicoló­gica, fami­liar y social. Un pronós­tico poco alen­tador, si no demoledor. Aquí, el criterio médico – plasmado en un diagnóstico y pronóstico presuntivo – delimita lo posible, predispone al paciente y a sus fami­liares, y orienta el accionar terapéu­tico.[12] A los médicos, formados para curar, la discapacidad los frustra y desarma.
Repito, a los médicos, formados para curar, la discapacidad los frustra y desarma... Detengámonos en este mandato de curar y en la imposibilidad de lograrlo ante la discapacidad. Entonces, ¿qué hacen ante la frustración? ¿qué les dice esta imposibilidad acerca del futuro imaginado o imaginable para la persona que tienen delante? ¿con qué racionalidad aplicarán sus esfuerzos? ¿hacia qué objetivos? Si no hay cura posible, ¿qué es lo posible? Si la persona en cuestión no es modificable, ¿qué se torna o debiera tornarse modificable? ¿y qué intervención tiene o asume el profesional de la salud al respecto?
La respuesta la encontraremos en el rol que se la asigna a la institución médica desde la economía política, algo sobre lo cual profundizaré más adelante.
 

¿En qué consiste el modelo social de la discapacidad? - Modelo médico versus social

El modelo médico de la discapacidad queda encerrado en una paradoja irresoluble dentro del modelo mismo. Se le plantean desafíos, preguntas, para los cuales aparentemente no tiene respuesta.[13]
Y es a partir de dicha realización, de darse cuenta de esto, por parte de las mismas personas con discapacidad, las afectadas, que fue surgiendo desde sus necesidades no-atendidas una mirada diferente de su problemática, una mirada que se ha dado en llamar el modelo social de la discapacidad.[14]
Me gustaría ahora compartir con ustedes el tipo de razonamiento que llevó a construir este modelo.
Quienes no sean ciegos o tengan alguna disminución visual, observarán que en vez de caminar me traslado rodando en una silla de ruedas. Esa es mi limitación física, ostensible. Producto de un accidente acaecido ya de adulto.
Para trasladarme preciso de una silla de ruedas, pero además, preciso veredas en buen estado, rampas con pendiente suave, y ascenso­res u otros medios para desniveles importantes. Caso contrario, no puedo trasladarme con seguridad, es decir, con la seguridad de llegar a destino y de llegar sin lesionarme aún más de lo que estoy.
Es decir, por una parte, está mi limitación física, la observable en mi cuerpo o en mi andar, y por otra, los obstáculos que me imponen el entorno físico construido según convenciones sociales. Y es justa­mente ahí donde se me hace presente a mí y a ustedes la discapa­ci­dad: en aquello a lo que no puedo acce­der, de lo que quedo excluido, y no por decisión propia ni por acción conciente de nadie en parti­cular, sino por el peso de lo ideológica­mente establecido y plasmado en la manera de diseñar y construir el espacio.[15]
La discapacidad, que aparece como atributo personal, se materia­liza – en mi caso – en la vereda, en la escalera, en la ausencia o el mal diseño de pasamanos, rampas y ascensores, y en la ausencia de transporte público accesible, y se expresa social­mente en mi ausencia de múltiples ámbitos que no podemos compartir.[16]
Para el caso, podría haber sido producto de una enfermedad, como la polio por ejemplo, y adquirida a muy temprana edad, o ya desde mi nacimiento (de haber sido otra enfermedad o lesión fetal o durante el parto). De hecho, podría, en vez de no poder caminar, no poder ver o escuchar o tener alguna dificultad para comprender. Para el caso, sería para ustedes una PCD, y para mí sería una persona con una limitación acotada, que requiere de alguna adecuación en su entorno para compensar o neutralizar los efectos de dicha limitación.
Como ya dijera, como usuario de silla de ruedas preciso recorridos accesibles libres de obstáculos físicos insalvables; como ciego, necesitaría textos en braille o material de lectura en versión hablada, es decir en audio; y si fuera sordo precisa­ría que todo aquello que es auditivo fuera visual, sea escrito o accesible mediante lenguaje de señas; y si tuviera problemas cognitivos, de comprensión (lo que se da en llamar algún tipo de discapacidad mental), precisaría que se me comuni­quen las cosas en términos sencillos, claros, utilizando códigos que me resulten accesibles a mi capacidad cognitiva.[17]
Como verán, he puesto el acento en soluciones que no pasan por corregir mi limi­tación, por curar lo que se da en llamar mi deficiencia, sino en lo que ustedes, o más bien las instituciones de la sociedad, pudieran hacer para que mi limitación no se constituyera en un impedimento para llevar adelante mi vida lo más plenamente posible, es decir, para poder estudiar y aprender, para luego poder trabajar y ganarme el pan de todos los días. Porque de eso se trata en últimas instancias, lo que se espera de toda persona en nuestra sociedad: que sea productiva, que se pueda valer, que se pueda ganar la vida. Y en eso radica su valor, su valoración social.
O sea, la discapacidad, tal como me he referido a ella, es una construcción social. Es algo que a primera vista parece estar en mi cuerpo, pero en realidad está en el lugar que se me permite ocupar en sociedad. Ahora bien, ¿qué se entiende por esta última frase “el lugar que se me permite ocupar”?
 

¿Qué lugar ocupan las PCD en la sociedad?

Según la legislación vigente, según los tratados internacionales de los cuales Argentina es signataria,[18] según los postulados de DDHH,[19] ese lugar sería el mismo para todos, o al menos potencialmente el mismo, jurídicamente hablando. “Todos somos iguales ante la ley”, rezan las constituciones. Sin embargo, si pensamos en la realidad que le toca vivir a los desocupados, a los villeros, a los pueblos aborígenes, a las mujeres en su conjunto, a las personas con discapaci­dad, a los gays, a los negros, y a tantos otros grupos sociales habitualmente denominados minoritarios o vulnerados[20], podemos constatar que ninguno de ellos son considerados o tratados como iguales en la sociedad, y por tanto ni ante la ley. Y ese trato desigual se manifiesta política, social, cultural y económicamente. Y está, al menos para las PCD, enraizado en el lugar que se nos adjudica desde la economía política,[21] desde cómo nuestra sociedad se estructura en clases socia­les claramente diferenciadas.
 

La discapacidad, ¿se manifiesta de manera diferente según la clase social a que se pertenezca?

La discapacidad, tal como me vengo refiriendo a ella entonces, y como construc­ción social, va más allá de la presencia o ausencia de un condi­cionamiento bioló­gico o de lo que suele denominarse una defi­cien­cia. La discapaci­dad tiene mucho más que ver con la clase social a la cual se pertenece. De hecho, hay determi­na­das discapacidades que son más prevalentes en clases sociales más bajas con evolución e implicancias aún más serias.[22]
Me refiero a las discapacidades mentales que comprometen la capaci­dad cogni­tiva del sujeto y que en gran medida son producto de la desnutrición fetal y la malnutrición infantil, asociadas a los crecientes niveles de pobreza en nuestra sociedad. A esto debemos agregar losriesgos físicos, emocionales y retraso en su desarrollo intelectual a que se encuen­tran expuestos los niños que por su pobreza se ven obligados a quedar fuera de los circuitos de escolaridad e insertos en prácticas de supervivencia marginal, verificable a diario en nuestras calles.
También me refiero a las disca­pacidades motrices y viscerales, producto de enfermedades o de accidentes ocupacionales o de tránsito o de la contaminación del medio ambiente – tan notables en esta época de flexibilización laboral y agudizada a partir de la implantación de las ART,[23] así cómo producto de la ausencia del Estado de sus funciones de resguardo de la salud pública, tanto en sus aspectos preventivos como curativos (creciente falta de acceso a medi­cina preventiva, a saber vacunaciones, y a programas de diagnós­tico temprano y a una adecuada atención obstétrica y pediátrica y rehabilita­ción).
Estos factores políticos, sociales y económicos van configurando una realidad discapacitante más allá de que se hagan o no presen­tes condicionamientos neta­mente biológicos. En este sentido, la discapacidad también se hereda. No como herencia biológica, sino como herencia social. La estrecha relación entre discapa­cidad y pobreza, por ejemplo, en que ambas se retro-alimentan permanentemente, le dan sentido a esta noción de herencia social.
Al respecto y analizando los efectos de la crisis de 1930, Hannington[24] comenta:
Estos jóvenes... enfrentan problemas que los tornan cada vez más concientes de como sus vidas se han visto atrofiadas y sus jóvenes espe­ranzas frustradas y de como han sufrido deficiencias físicas gracias al desempleo y la pobreza de sus padres.
 
Esta descripción bien pudiera replicarse para los hijos de quienes hoy viven en villas miserias, sin trabajo, o con trabajo precario, sumidos en la pobreza.
 

Discapacitados como desempleados crónicos

Es en este contexto que me inclino a decir que si hay algo que pareciera caracteri­zar a las PCD es nuestra condición de desempleados crónicos. Metafóricamente, diría que es nuestra enfermedad en común, independientemente de la limitación discapacitante que tengamos.
Según la Organización Internacional del Trabajo, el 80% de las PCD en edad laboral están desempleadas.[25] Según datos del Ministerio de Trabajo de la Nación y de la CTA, con suerte 1 de cada 10 personas con discapacidad en edad laboral tienen trabajo y el Estado mismo reconoce que el cupo laboral destinado a PCD en dependencias gubernamentales nacionales no alcanza al 1%, cuando por ley debiera ser el 4%.[26] Los datos del INDEC, plasmados en la ENDI (Encuesta Nacional de Discapacidad) no son confiables ya que surgen de formular la misma pregunta con que se elaboran datos de desempleo en general (si el individuo estuvo buscando empleo durante las cuatro semanas previas a la encuesta).[27] Sin embargo, y más allá de las justificadas críticas a la metodología muestral y a la definición que en la ENDI se hace de las PCD, hay algunos datos ilustrativos que pueden servirnos para marcar tendencias. Uno de estos concierne la tasa de actividad (el cociente entre la población económicamente activa y la población total), que “mide cuánta población de 14 años y más tiene una ocupación o sin tenerla la está buscando activamente; es decir incluye a los ocupados y también a los desocupados”.[28] Según la ENDI, 3 de cada 10 PCD en edad laboral trabaja o busca trabajo, versus 6 de cada 10 para la población total.[29]
 

¿Cómo sobreviven las PCD? - La caridad social

Con la notable excepción de las PCD de clase alta o media alta, el resto, es decir la abrumadora mayoría, sobrevive sin trabajo, gracias a la caridad social sostenida...
1)    en primer lugar por sus familias empobrecidas aún más por la presencia de una PCD en el hogar (un ingreso menos y gastos extraordinarios de atención).[30]
2)    en segundo lugar por las mínimas prestaciones sociales del Estado (cuando estas personas y sus familiares tienen conocimiento de que existen y logran “arrancarle” dichas prestaciones al Estado de manera directa o indirecta vía la seguridad social, las Obras Sociales y Prepagas que por ley están obligadas a brindarlas).[31] Al respecto, la vía de acceso a las prestaciones sociales es el certificado de discapacidad. Sin embargo, la misma ENDI reconoce que sólo el 15% tiene dicho certificado.[32] Cabe preguntarse entonces ¿qué le pasa al 85% restante? Por otra parte, jamás ha habido campaña alguna para difundir las prestaciones del Estado en materia de discapacidad.
3)    en tercer lugar está la limosna.Al respecto, a veces la disca­pacidad – o el grado de discapacidad – “juega a favor” de una manera muy curiosa. Valga el siguiente ejemplo, de un niño residente en una villa miseria a quien le faltaba un ojo. Los demás niños lo cargaban permanente­mente por “chicato”, hasta que un buen día, de una pedrada, perdió el otro ojo. Y a partir de entonces los demás chicos comenzaron a valorarlo porque así como estaba, totalmente ciego, podría salir a limosnear y ganarse unos pesos.  Lo que seguramente sería vivenciado como terrible en un barrio de clase media, paradójicamente se convirtió en una oportunidad inesperada, o al menos en el imaginario social de sus pares.
Hay otro aspecto clave en este ejemplo que a mi entender concierne a la identificación de la persona con discapacidad en el imaginario social, no sólo de sus pares sino de todos, inclusive de las mismas personas con discapaci­dad: el de persona a quien se le reconoce el “derecho” a limosnear, derecho en el sentido de lo que constituyen los hábitos y costumbres de nuestra sociedad, y que lleva implícito el no-derecho a trabajar.
Según Marcelo Silberkasten[33]: “En nuestra sociedad el discapacitado tiene derecho a pedir limosna, esto es, solicitar dinero sin contraprestación. Es el único derecho por el cual el discapacitado no tiene que luchar y es imperturbable a través del tiempo: los códigos fueron cambiando pero el derecho a la limosna se mantiene imperturbable. Esta particular legalidad la denomina­remos la Ideología de la Caridad”. [34]
En nuestra sociedad abundan los ejemplos. A saber, la institucionalización de la caridad en La Solidaria, avalada desde el mismo Estado que autoriza a que personas con discapacidad sean contratadas como las únicas que, en el imaginario social, pueden salir a la calle a pedir limosna bajo la forma de venta de un billete de lotería. Curiosa manera, además, de ejercer la caridad en un mismo acto que no sólo te abre las puertas del cielo sino que te da la oportuni­dad de enriquecerte monetariamente si saliera premiado tu billete. Doble premio para quien da dinero, doble castigo para quien vende dicho billete: por un lado refuerza su lugar en la limosna, con la denigración que cabe a dicha práctica, y por otro queda excluido de todo premio por su esfuerzo. Peor aún, si pierde o le roban los billetes es responsable de reponer el valor de los mismos a la empresa, con lo cual queda reforzado su condición de no-trabajador (por contraste, a ningún banco se le ocurriría exigir al cajero que reponga dinero sustraído en un asalto, pero a La Solidaria sí).
Otro ejemplo concierne al famoso Certificado de Discapacidad, que sirve para identificar a quien tiene o no libre acceso a la ideología de la caridad, tal como no pagar el boleto de transporte o la entrada a un espectáculo deportivo o cultural.[35] Una clave para comprender esto lo podemos encontrar en el mismo Certificado que durante años decía si la persona estaba o no discapacitada para ejercer actividades laborales.  Certifica a su vez el derecho a la limosna y el no-derecho al trabajo.
4)    finalmente por lo que les llega desde instituciones caritativas y religiosas, cuyos fondos destinados a sus políticas asistencialistas provienen no sólo de sus feligreses o colectividades, sino también y muy especialmente desde el mismo Estado.[36] 
Ahora bien, esta realidad, ¿siempre fue así, a lo largo de la historia?
 

El lugar que han ocupado las PCD, ¿ha sido inmutable a lo largo de la historia?

Aquí quiero hacer una pequeña digresión histórica, haciendo la salvedad de que siempre hubo personas con limitaciones físicas, sensoriales o cognitivas. Pero el lugar que ocuparon a lo largo de la historia, es decir, en los distintos modos en que las sociedades organizaron sus sistemas de producción, fue variando.[37]
 

¿Qué pasaba en la esclavitud en la antigua Grecia y Roma y en las religiones judeo-cristianas? [38]

En el modo de producción esclavista (y los esclavos lo eran por derrotas militares o por haber sido comprados como tales), los esclavos, propiedad de sus amos, trabajaban sanos, enfermos o lesionados, hasta morir. Y luego eran reem­plazados. Eran, literalmente, material descartable. Las tareas eran manuales, sencillas, de esfuerzo físico. El trato hacia los esclavos variaba según su procedencia (conquista militar o compra) y la facilidad/ agilidad con que se los podía reemplazar.
Habitualmente se piensa en la antigua Grecia como la cuna de la civilización occidental, de la idea de la polis y de la democracia participativa. Sin embargo, suele obviarse que la economía griega se basaba en la esclavitud y que era una sociedad patriarcal, jerárquica y violenta. Así como los griegos afirmaron los derechos ciudadanos y la dignidad del individuo, esto sólo valía para los hombres griegos. Tanto las mujeres como los no-griegos eran consideradas inferiores, concepto que les sirvió para justificar su opresión y explotación. El servicio militar era obligatorio para los griegos y la guerra era su manera de valerse de esclavos.
Para los hombres griegos, las habilidades físicas y mentales eran muy valoradas, y en este contexto no había lugar para las imperfecciones. Esta obsesión se remonta a 700-675 AC, en la prescripción de infanticidio para niños con evidente imperfecciones, así como en la educación, el gimnasio, y los deportes competitivos (las olimpíadas).
El infanticidio para los niños débiles o enfermos era muy común y hasta obligatorio. Según Robert Garland,
‘En Esparta, donde se valoraba la homogeneidad racial y donde los principios de la eugenesia era rigurosamente aplicados, el abandono de bebés deformes o enfermos era un requisito legal. (...)  Plutarco (Lyk. 16.1-2) nos informa que un recién nacido, quien en Esparta, a diferencia del resto del mundo griego, no era la propiedad de su padre sino del Estado, era presentado para inspección ante los ‘ancianos de la tribu’ inmediatamente después de nacer. Si el niño era fuerte y saludable, los ancianos le ordenaban al padre que lo criara; pero si por el contrario determinaban que había nacido enfermo o deforme, tenía que exponerlo en un lugar parecido a un abismo, propiamente llamado el Apothetai o el Lugar de Exposición ‘en la creencia de que la vida a la cual la naturaleza no había provisto con salud y fortaleza era inservible tanto para sí misma como para el Estado’.[39]
 
Al respecto, Garland cita de un escrito sobre ginecología del medico griego Soranos, en el segundo siglo AC, titulado “Como reconocer a un niño que no vale la pena criar”. El niño:
Debe ser perfecto en todas sus partes, extremidades y sentidos y con pasajes no obstruidos, incluyendo los oídos, nariz, garganta, uretra y ano. Sus movimientos naturales no deben ser ni lentos ni débiles. Y sus extremidades deben poder flexionarse y estirarse, su tamaño y forma adecuada y debe responder a estímulos naturales.[40]
 
La racionalización para dicho infanticidio tiene en parte que ver con la utilidad social esperada de quien luego debiera crecer para ser soldado. Pero también radica en la idealización de la belleza, vinculado con lo divino. Según Garland,
“En la antigüedad clásica... la respuesta social hacia los discapacitados estaba en parte determinada por la religión, ya que la belleza y la completud eran vistas como marcas de favor divino, mientras que la fealdad y la deformidad eran interpretadas como signos de lo opuesto También importaba si la discapacidad era congénita o adquirida más adelante producto de enfermedad, guerra o libertinaje”
 
Los dioses griegos eran percibidos como representaciones idealizadas de humanidad perfecta. Hubo un sólo dios imperfecto, Efesto, hijo de Zeus y Hera. Zeus practicó una suerte de infanticidio al expulsar a su hijo de los cielos, arrojándolo y produciéndole una cojera. Luego,  Afrodita, la diosa del amor, se casa con él por piedad. Pero este matrimonio no perdura ya que Afrodita toma a un amante, Ares, porque su marido es un lisiado. La muy común asociación actual entre deficiencia, exclusión e impotencia bien puede estar inspirada en este mito.
Es muy probable que el vinculo entre deficiencia y castigo también encuentre su fundamento en la cultura Griega. El relato de Sófocles sobre Edipo Rey quien, luego de descubrir que cometió incesto, se arranca sus propios ojos en retribución.
Por su parte, los Romanos tomaron de los Griegos. A los niños enfermos o débiles los ahogaban en el río Tíber.[42]
Los enanos y sordos eran objetos de curiosidad y ridículo. En los juegos romanos, los enanos y lo ciegos enfrentaban a mujeres y animales para el entretenimiento de los Romanos.
Aun así, tanto los griegos como romanos desarrollaron tratamientos científicos para atender deficiencias adquiridas. Aristóteles estudió la sordera, y Galeno e Hipócrates intentaron curar la epilepsia (que concibieron como un problema fisiológico y no metafísico). Los Romanos desarrollaron terapias físicas e hidroterapia para condiciones adquiridas. Pero en ambas sociedades dichos tratamientos sólo eran para los ricos y poderosos. No muy alejado del acceso a la salud que hoy nos caracteriza.
Influenciados por los griegos, la religión judaica concebía a las deficiencias como extrañas a Dios y como el resultado de un mal. El Levítico (capítulo 21)[43] cataloga a las imperfecciones humanas que excluyen la participación en rituales religiosos:
Yahveh habló a Moisés y dijo:
21:17 Habla a Aarón y dile: Ninguno de tus descendientes en cualquiera de sus generaciones, si tiene un defecto corporal, podrá acercarse a ofrecer el alimento de su Dios;
21:18 pues ningún hombre que tenga defecto corporal ha de acercarse: ni ciego ni cojo ni deforme ni monstruoso,
21:19 ni el que tenga roto el pie o la mano;
21:20 ni jorobado ni raquítico ni enfermo de los ojos, ni el que padezca sarna o tiña, ni el eunuco.
 
El viejo testamento dice que si los humanos son inmorales serán castigados por dios con la ceguera y enfermedades incurables (Deuteronomio, cap. 28)[44]:
28:15 Pero si no escuchas la voz del Señor, tu Dios, y no te empeñas en practicar todos los mandamientos y preceptos que hoy te prescribo, caerán sobre ti y te alcanzarán todas estas maldiciones:
28:28 El Señor te castigará con locura, ceguera y delirio.
28:35 El Señor te herirá con forúnculos malignos e incurables en las rodillas y en las piernas, desde la planta de los pies hasta la cabeza.
28:59 él te castigará, a ti y a tu descendencia, con calamidades extraordinarias. Serán calamidades grandes y persistentes, enfermedades malignas e incurables.
 
Estas tradiciones perduraron en el nuevo testamento. En Mateo (9-2 [45], Jesús cura a un hombre con parálisis luego de proclamar que se le perdonan sus pecados:
9:2 Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados".
9:3 Algunos escribas pensaron: "Este hombre blasfema".
9:4 Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: "¿Por qué piensan mal?
9:5 ¿Qué es más fácil decir: "Tus pecados te son perdonados", o "Levántate y camina"?
9:6 Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados —dijo al paralítico— levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".
9:7 Él se levantó y se fue a su casa.
 
A diferencia de otras religiones, la fe Judaica prohibía el infanticidio[46] El Cristianismo y el Islam tomaron esto y comenzaron a hablar de cuidar de los enfer­mos y de los menos afortunados. En sus origines, el cristianismo fue una religión de los pobres, notablemente de los esclavos y mujeres, y la caridad se tornó en un elemento fundamental. Sin embargo esta adscripción caritativa le robó a las personas deficientes / deformes de su status humano, convirtiéndose en un vehículo para la benevolencia de otros. Legados que perduran.
También, corresponde mencionar que con el Cristianismo, las ideas greco-romanas sobre la vida humana fueron cambiando, a tal punto que la Ley romana prohibió el infanticidio en el año 374 de esta era. Más aún, en el siglo IV, Constantino el Grande (el primer emperador cristiano), decretó que el Estado debía ocuparse de la manutención y educación de los niños pobres y debía prevenir la exposición, venta y asesinato de los niños (parens patriae).
 

¿Qué pasaba en el feudalismo?

En el modo de producción feudal, los siervos trabajaban para su subsistencia y entregaban al señor feudal una parte importante de su producción. Quienes tuvieran alguna limitación física, sensorial o mental, contribuían en lo que podían a la economía familiar. Algunos hasta podían desplegar habilidades artesanales[48] Y los que no, o bien eran atendidos dentro las posibilidades de manutención del hogar o bien abandonados o dejados de lado.
En el feudalismo, la unidad de producción era la familia, en una sociedad eminentemente agrícola. Los sordos y ciegos que nacían y se criaban en comunidades rurales, teóricamente podían ser mas fácilmente integrados al trabajo y a la vida de esas sociedades sin que tuvieran que mediar medidas especiales para ello. En el trabajo agrícola, la sordera no debía representar un problema mayor, ya que el aprendizaje de las tareas se hacia a través de la observación, y no existía la institución escolar como instancia educativa y formativa para el trabajo. La ceguera constituía, tal vez, un riesgo menor en entornos rurales y familiares, y era posible aprender tareas rutinarias basadas en la repetición de habilidades táctiles, sin tener que mediar una capacitación especial.
No quiero decir que estas personas vivieran en un mundo idealizado, ni que tuvieran sus necesidades satisfechas. Pero en un mundo de pocos y lentos cambios, donde aún no imperaba la idea del individuo y del progreso (al menos no para las grandes masas de campesinos), las expectativas que se pudieran tener con relación a personas enfermas y/o con algún defecto o deficiencia, estaban por cierto limitadas a la vida agraria y del hogar.[49]
En Inglaterra, la Ley de los Pobres de 1601 fue el primer reconocimiento oficial de la necesidad de intervención estatal en la vida de personas con deficiencias percibidas. Sin embargo, ya tenían que discriminar entre los pobres merecedores y no-merecedores de atención (decreto de 1388).[50]
Para la iglesia, los deficientes o defectuosos eran prueba viviente de la existen­cia de Satanás y de su poder sobre los seres humanos. Los niños deficientes eran vistos como los sustitutos infantiles del diablo. El Malleus Maleficarum de 1487 declaró que esos niños eran el producto de madres involucradas en brujerías y magia.[51] El líder de la reforma protestante, Martín Lutero (1485 - 1546), proclamó ver al diablo en un niño deficiente y recomendó que se lo matara.
 
Estas creencias se reflejaron en la literatura y en el arte del medioevo. Por dar un ejemplo, en el Siglo XVI, Shakespeare muestra a Ricardo III como de cuerpo y mente retorcida. No puede realizarse como hombre, como amante, y por tanto se ve obligado a comportarse como un villano o un malo. En la edad media también los deficientes eran motivo de entretenimiento y ridículo.
 

¿Qué pasaba en el continente americano y sus islas? - La esclavitud en América[53]

Mientras tanto, ¿qué pasaba en el continente americano y sus islas? A partir de la conquista y colonización de América, la esclavitud jugó un papel importantísimo tanto para las economías coloniales como para las europeas. Fue una esclavitud de nuevo tipo, muy diferente a la griega, y que coexistió con la etapa en que surgió el capitalismo en Europa. Según Eric Williams[54], la esclavitud de los negros respondió a una estricta conve­niencia económica, que luego gestó al racismo.
“Se trataba de conseguir la mano de obra que requerían las grandes extensiones – convertidas en plantaciones principalmente – desde la propia fundación de las trece colonias británicas en el siglo XVII. Gracias a ello, se acumuló el capital que dio vida, desde el siglo siguiente, a laRevolución industrial, sobre todo en Bristol, Liverpool y Glasgow (...) Y, si la esclavitud fue abolida, no fue por humanitarismo, sino porque la economía esclavista había entrado en declive en los últimos lustros del siglo XVIII”.[55]
La tesis de Williams bien puede enriquecerse y redondearse remitiendo a la acumulación primitiva u originaria de capital, condición previa y necesaria al surgimiento del capitalismo. Al respecto, Marx ya señalaba en 1867:
“Con los progresos de la producción capitalista durante el período manufacturero, la opinión pública de Europa perdió los últimos vestigios de pudor y de conciencia que aún la quedaban. Los diversos países se jactaban cínicamente de todas las infamias que podían servir de medios de acumulación de capital. (...) Inglaterra obtuvo el privilegio de suministrar a la América española, hasta 1743, 4.800 negros al año [Tratado de Utrecht]. Este comercio servía a la vez, de pabellón oficial para cubrir el contrabando británico. Liverpool se engrande­ció gracias al comercio de esclavos. Este comercio era su método de acumula­ción originaria. (...) A la par que implantaba en Inglaterra la esclavitud infantil, la industria algodonera servia de acicate para convertir al régimen mas o menos patriarcal de esclavitud de los Estados Unidos en un sistema comercial de explotación. En general, la esclavitud encubierta de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la esclavitud sans phrase en el Nuevo Mundo”.[56]
Según Andrés-Gallego, entre 1492 y 1870 ingresaron 2.064.000 esclavos negros a la América británica; 1.600.200 a la francesa; 500.000 a la holandesa; 28.000 a la danesa; y 3.646.800 a la portuguesa. En igual período, ingresaron 1.552.100 esclavos negros a la América española, de los cuales 606.000 ingresaron en el siglo XIX principalmente para nutrir al sistema de plantaciones (Cuba y Puerto Rico). 
De los 1.552.000 esclavos importados a Hispanoamérica, la inmensa mayoría fue a Cuba (702.000), seguidos de México (200.000) y Ecuador-Panamá-Colombia (200.000), Venezuela (121.000), Bolivia-Río de la Plata (100.000), Perú (95.000), Puerto Rico (77.000), Santo Domingo (30.000), Centroamérica (21.000) y Chile (6.000).
La importación de esclavos negros en Hispanoamérica fue para reemplazar a la población indígena:
“... en 1511, cuando se vio que los indígenas no resistían el trabajo que pretendían colonos y mineros españoles, algunos religiosos aconsejaron que se introdujeran negros bozales de la Guinea (que era el nombre que recibía toda la costa africana subsahariana) y, así, el que había sido hasta entonces un flujo puramente doméstico – de señores con sus criados – se empezó a convertir en un verdadero comercio, en el que iban a competir negreros portugueses, ingleses, franceses y holandeses principalmente durante más de trescientos años”.[57]
En lo que atañe a nuestro interés, cabe destacar que
“...los esclavos eran objetos de mercado y como tal se valoraban. Los precios evolucionaron a lo largo de los casi cuatrocientos años que duró la esclavitud en la Indias hispanas.” [58] (...) “Claro está que valían menos si estaban enfermos y más si tenían oficio. Y más aún si se encontraban en edad de plenitud de facultades y menos si eran niños o viejos; de modo que la edad marcaba un in crescendo al comienzo y un descenso paulatino al final. La plenitud solía situarse entre los veinte y cuarenta años...”[59]
O sea, el precio que se pagaba por un esclavo podía variar según su edad y estado físico, pero lo que queda claro es que independientemente de dicha edad y estado físico, el esclavo era comprado y obligado a trabajar “de sol a sol”.[60] En otras palabras, en la esclavitud no había surgido aún la discriminación entre quienes eran considerados aptos / capaces para trabajar e ineptos / incapaces para hacerlo. Para el trabajo físico, de extracción de minerales o de cultivo en plantaciones, alcanzaba con estar vivo y poder desplazarse. Quienes tuvieran alguna dificultad para desplazarse u otra deficiencia, pero sí manejaban algún oficio, también eran explo­tados como esclavos.
Y, para resumir, esta esclavitud de nuevo tipo en América fue funcional al surgimiento de la industria capitalista en Europa, proveyendo la necesaria acumulación originaria de capital para su desarrollo.
 

¿Qué pasó al surgir el capitalismo?

Con el advenimiento de la industria, de la manufactura que demandó una división técnica del trabajo y que sentó las bases para el modo de producción capitalista que hoy conocemos, surgió el empleo de la fuerza de trabajo a cambio de un salario en una relación en la cual los propietarios de los medios de producción, los empresarios, procuraron contratar sólo a quienes consideraban capaces de realizar tareas repetitivas, durante largas horas de trabajo, en condiciones laborales que en un principio demostraron ser infrahumanas (hoy vuelven a serlo).
Al respecto, cabe citar a Friederich Engels en uno de los primeros trabajos serios sobre las condiciones de vida de la clase obrera en la época:[61]
 
“Los Comisionarios mencionan una multitud de lisiados que se hacen presentes ante ellos que cuyas distorsiones claramente responden a las largas horas de trabajo a que han estado expuestos”
 
“Médicos que se refieren a malformaciones y deformidades vinculándolos a practicas laborales: aspectos fisiológicos del sistema fabril”
 
“Rara vez he cruzado Manchester sin toparme con 3 o 4 de ellos, sufriendo de las mismas distorsiones de la columna espinal y con piernas así descritas... Es evidente, a la vista, de donde provienen las distorsiones de estos lisiados; todos se ven igual”
 
“Un estado de cosas que permite tantas deformidades y mutilaciones para el beneficio de una sola clase, y zambulle a tantos trabajadores industriosos en la miseria y el hambre debido a lesiones adquiridas en el servicio y por culpa de la burguesía”
 
“En todas las direcciones, donde sea que miremos, encontramos miseria y enfermedades permanentes o temporarias... lentas pero que ciertamente socavan y finalmente destruyen al ser humano físicamente así como mentalmente”
 
Y fue en este contexto, en los inicios de la industria y del modo de producción capitalista, que surgió el concepto de discapacidad por primera vez, como incapacidad para el trabajo, como incapacidad sospechada para ser explotados, para generarle ganancias a los empresarios.[62]
Hacia fines de 1890 la población británica era cada vez más urbana y el empleo era cada vez más industrial y no rural. El entorno de la sociedad industrial era muy diferente al de la sociedad agrícola. Los cambios en la manera de organizar el trabajo, de un sistema familiar donde los individuos contribuían lo que podían al proceso productivo, a una sociedad urbana y fabril estructu­rada en base al trabajo asalariado, tuvo consecuencias enormes.[63]
Las personas que empezaron a ser consideradas como discapacitadas, al igual que los pobres en general, comenzaron a ser vistas como un problema social y educativo y progresivamente segregados en instituciones de todo tipo, como ser workhouses (hogares para pobres donde se ven obligados a trabajar), asilos, colonias y escuelas espe­ciales, y por ende sacados de circulación de la sociedad “normal”, todo esto pensado para el mate­rial social de descarte.64]
Otra institución destinataria para los que no trabajaban, y según los edictos y leyes de vagancia y mendicidad, fueron las cárceles. Cabe señalar que en la población carcelaria hoy día hay una desproporción extraordinariamente alta de PCD, especialmente mental, y que las cárceles son a su vez generadoras de discapacidad.[65]
El desarrollo de las instituciones de control, tal como las concibe Foucault[66] y Althusser[67], adquiere su mayor sentido con el advenimiento del capitalismo, combinándose tanto el control físico del cuerpo como el control ideológico de la mente. Las instituciones ocuparon el lugar de ordenadores ideológico sociales para encarrilar a quienes no encajaban en sociedad, ya sea porque no podían o no querían. Y aunque no todos los discapacitados fueron institucionalizados, la mera existencia de estas instituciones fue marcando con claridad en la conciencia colectiva el destino para ellos.
El sentido que fueron adquiriendo estas instituciones también respondió a las tensiones que fue generando la separación entre hogar y trabajo. Con el debilitamiento de la producción hogareña, artesanal y el trabajo agrícola, se fue tornando cada vez más difícil atender a quienes tuvieran alguna enfermedad o limitación, o sencillamente ingresaran en la ancianidad.
El concepto y la realidad de la segregación fueron instalándose dentro de los hogares en paralelo a su instalación en la sociedad más amplia.68]
La exclusión de este sector social se codificó luego, en las colonias de ultramar de Norteamérica, en la prohibición de su ingreso como inmigrantes, prohibición que perdura hasta nuestros días.[69]  Seguramente encontraremos edictos y leyes paralelas en las colonias españolas de América, que al igual que en el norte mantuvieron su vigencia hasta la fecha.[70]
 

Los economistas de hoy día, ¿cómo piensan a la discapacidad?

Volviendo ahora al planteo central de que la discapacidad como tal surge con el desarrollo del capitalismo, para diferenciar a quienes se considera aptos / capaces para trabajar (y ser por ende explotados) y quienes no, vale detenernos en cómo los economistas hoy día piensan la discapacidad.
En la literatura actual sobre economía y discapacidad, “las caracte­rísticas definitorias de discapacidad conciernen características mentales y físicas que o bien limitan las actividades cotidianas normales o producen una reducción sustancial en productividad laboral.” [71]. El criterio habitual concierne la habilidad de realizar las tareas de una ocupación común y corriente, es decir, la habilidad de realizar suficiente trabajo como para “ganarse la vida”. El criterio de desempeño (performance) es el que rige, y no un criterio estructural vinculado a las características del individuo.
Aquí importa la “desviación de la norma”, es decir de lo esperado. Algunos economista aplican el criterio de que una PCD es quien sólo puede trabajar hasta 10 horas por mes. Otro criterio es que trabaje hasta 52 horas anuales, es decir 4 horas por semana, o sea 16 horas por mes.
En las Encuestas Permanentes de Población de EEUU,[72] desde 1981 se define a PCD como quienes
“...reportan una enfermedad o discapacidad que les impide trabajar o limita la cantidad de trabajo que pueden realizar”. O sea que “...el ingrediente clave de discapacidad es la incapacidad de realizar o una limitación en el desempeño de roles y tareas socialmente esperadas. El trabajo en el mercado es un rol socialmente esperado. Por lo tanto, quienes no pueden desempeñar o se encuentran limitados en su capacidad laboral se consideran discapacitados”.
 
Volviendo al enfoque histórico, vale citar a Foucault cuando dice, refiriéndose a los siglos XVIII y XIX y el surgimiento del capitalismo:[73]
Dentro de este conjunto de problemas, el “cuerpo” – el cuerpo de los individuos y el cuerpo de las poblaciones --- aparecen como los portado­res de nuevas variables, no meramente entre los escasos y numerosos, los sumisos y rebeldes, los ricos y los pobres, los sanos y enfermos, los fuertes y débiles, sino también entre los mas o menos utilizables, los mas o menos disponibles para inversión redituable, los con mayores o menores perspectivas de sobrevivir, de morir o enfermarse, y con los mas o menos capaces de ser útilmente capacita­dos/ entrenados.
Este enfoque económico de la discapacidad “enfatiza las interacciones de las limitaciones físicas y mentales de una persona con un conjunto de características no-medicas de las personas, tales como edad, ocupación y experiencia laboral. El foco es en la habilidad de las personas con limitaciones físicas o mentales de ajustarse (adecuarse) al entorno laboral”. [74]
Notablemente, no aparece la noción de que el entorno debe adecuarse a quienes vayan a trabajar, sino todo lo contrario: los trabajadores potenciales deben adecuarse al entorno laboral, con lo cual se desprende: si no pueden adecuarse, no pueden trabajar. La equiparación de oportunidades pasaría por brindar la oportunidad de empleo (equal opportunity employer), pero sin crear las condiciones laborales para que la persona concreta pueda realizar la tarea que dicho empleo implica. O sea, el incumplimiento laboral termina siendo del trabajador potencial y no del empleador. Vale señalar que en este sistema de producción capitalista, el trabajador sólo puede ofrecer su trabajo, mientras que el empleador le ofrece, para que trabaje, los necesarios medios de producción, incluyendo las condiciones de producción.
En este sentido, cabe preguntarse cómo y quien determina si las limitaciones físicas y mentales de una persona la habilitan o no para adecuarse al entorno laboral y los requisitos de trabajos concretos. Y aquí cobra relevancia el rol de la institución médica como clasificado­ra de la capacidad productiva de las personas.
 

¿Cómo ejerce la institución médica su rol de clasificadora de la capacidad productiva de las personas?

Los médicos son quienes determinan cuanta discapacidad tiene una persona, adjudicándole un valor en menos según el grado de compromiso físico o mental medido. Así, el Certificado de Discapacidad que emite el Ministerio de Salud Pública, habla de porcentajes de incapacidad, pensado esto en función de la capacidad o no de la persona de desplegar una actividad productiva... una manera más elegante para decir cuánto podría llegar a rendir esa persona, o más crudamente, si es o no explotable como trabajador asalariado. 
Por tanto, a la discapacidad en sí se la define con relación al mercado de trabajo capitalista.  Por ejemplo, el cuerpo de un trabajador es calificado por sus partes funcionales. Recibe la más alta calificación si tiene todos sus dedos, brazos, piernas, ojos, oídos, etc., pero este valor baja significativamente si alguna de las partes no "funciona" según estándares de producción capitalista.[75] De hecho, este criterio se verifica en las pólizas de seguro de vida y de salud, en los criterios que se emplean para asignar una jubilación por invalidez, y en la negativa a reconocer pre-existencias por parte de las pre-pagas y obras sociales.
La medicalización de la discapacidad, entonces, define cuales cuerpos son "normales" y deseables, y por tanto aceptables. Ha transformado en patologías a la ceguera, la sordera y los déficit que se han manifestado a lo largo de la historia de la humanidad, y al hacerlo, ha relegado a las personas con discapacidad al aislamiento y a la exclusión.
Visto así, la medicalización de la discapacidad, es decir, el pensarla y tratarla como un problema médico, es la manera en que las relaciones de explotación capitalista se imponen desde un supuesto saber científico inapelable. Si lo dice un médico, y más aún una Junta Médica, por algo será.
Así, los trabajadores con discapacidad y las personas con discapacidad en edad laboral, se suman, o bien a la gran masa de desocupados crónicos o bien a la gran masa de excluidos del sistema productivo.[76]
Así entendida, la discapacidad es una categoría generada socialmente que se deriva de las relaciones de trabajo, un producto de la estructura económica del capitalismo: que crea (y luego oprime) el cuerpo supuestamente ‘discapacitado’ como una de las condiciones que le permite acumular riquezas.
Cuando digo que crea discapacidades, me refiero a las discapacidades evitables si se garantizara una adecuada nutrición fetal e infantil, vacunas, atención temprana, seguridad e higiene en el trabajo, entre otros.
Aquí vale señalar las peores condiciones que se vienen produ­ciendo en el entorno físico laboral, estimuladas por una legislación de accidentes laborales que desprotege al trabajador y hace que resulte más económico indemnizarlo por discapacidad laboral, o a su familiar en caso de muerte, que tomar medidas de prevención. Recuerdo una nota de 1998 en Pagina 12[77] en la que operarias jóvenes en línea de producción fabril sufrían daños irreparables en sus manos en cuestión de meses a partir de lo cual quedaban cesan­tes. Al evidenciarse los primeras síntomas, el personal médico o de enfermería vinculado a la empresa les inyectaban anti-inflamatorios y calmantes para que pudieran seguir trabajando, sin reparar en el daño que se iba cronificando en una discapaci­dad laboral irreversible. El costo de capacitación era tan bajo y la disponibi­lidad de mano de obra tan grande, sumado al insignificante aporte a las ART, que a la empresa le resultaba un buen negocio ignorar las patologías ocupacionales que generaba.
 

¿Qué beneficio económico se saca del cuerpo no-explotable de la PCD?

Pero, del cuerpo no-explotable en la producción, el capitalista también saca beneficio: lo aprovecha como objeto de la mercantilización de la salud, pretendiendo curarlo, borrarle la discapacidad, rehabilitarlo para una supuesta integración social, preferentemente laboral, que luego le niega por su propia discapacidad.  En este sentido – desde una lógica empresaria –, los médicos son convocados a negar el propio sentido de su profesión y a ejercer una práctica frustrante y alienante tanto para sí como profesionales como para el “paciente”, ya que casi nunca se alcanzan los objetivos supuestos.
Sin embargo, para la lógica empresaria el objetivo sí se alcanza: la salud es un gran negocio, para los laboratorios farmacéuticos, para los centros privados de rehabilitación e internación, para los fabricantes de sillas de ruedas y audífonos, para las grandes ortopedias, etc.[78]
El negocio de la discapacidad ni es una producción autónoma del capital, ni se limita al mercado de la salud. En su desarrollo, el Estado aparece como factor de traslación de recursos para la generación de nuevas formas de acumulación de capital, facilitando y promoviendo la privatización de servicios de salud y del sistema educativo, tal como se evidenciaron muy especialmente a partir del imperio del neoliberalismo en los años 90. Con relación a discapacidad, el Estado asigna fondos a programas de capacitación laboral (para empleos que nunca aparecen), y terceriza la prestación de atención medica a través de programas de rehabilitación y asistencia manejados por instituciones privadas – algunas hasta bajo el manto de ONGs supuestamente sin fines de lucro, muchas de las cuales operan bajo la órbita o con lazos muy estrechos a la iglesia.  Una y otra vez comprobamos que se asignan partidas presupuestarias pensadas más en función del rédito económico para los empresarios o profesionales intervinientes que en función de satisfacer las necesidades de los destinatarios finales.
 

¿Qué pasa cuando las PCD, excepcionalmente, consiguen trabajo?

Ahora, cuando excepcionalmente las PCD consiguen algún trabajo, la remune­ra­ción es significativamente inferior a la que perciben personas que no tienen disca­pacidad, y las condiciones laborales son de las peores. Según Haveman y Wolf, comentando la situación en los EEUU:[79]
“...el vinculo de las PCD al mercado laboral es más débil que para las personas sin discapaci­dad”
“...la tasa de pobreza de PCD en edad laboral en los EEUU (30% a inicios de los 90) es tres veces mayor a la de personas en edad laboral sin disca­pacidad”
“Entre 1972 y 1987 los ingresos promedio de discapacitados hombres bajó de [US dólares] $19.000 a poco mas de $11.000, y de unas tres cuartas partes de los ingre­sos de los no-discapacitados a la mitad”.
Esta realidad se agudizó aún más entre hombres negros comparándolos a hombres blancos.
Según Houtenville, de 1980 al 2000, la tasa comparativa de empleo de PCD bajó dramáticamente de 43% a 38,6% en los EEUU, y en el mismo período, la tasa comparativa de ingresos bajó de 53,7% a 50,9%  deduciéndose de ello que las PCD se ven más afectadas que otros en períodos de alto desempleo. [80]
Según la OIT[81], que define a las personas con discapacidad en el trabajo como...
"...aquellas cuyas perspectivas de seguridad, regreso, mantenimiento y progreso en un empleo adecuado se venreducidas de forma importante debido a un reconocimiento adecuado de una discapacidad física, sensorial, intelectual o mental",
“Las personas con discapacidad experimentan formas comunes de discriminación, como un alto nivel de desempleo, prejuicios en cuanto a su productividad o incluso la exclusión del mercado laboral. Se enfrentan asimismo a la discrimi­nación en el momento de la contratación. En una encuesta realizada en Francia se constata que menos de un 2% de aquellos que han hecho mención de una discapacidad en el CV han sido convocados para una entrevista. Las personas con discapacidad son contratadas principalmente a través de agencias de trabajo temporal, para de esa forma minimizar los riesgos de los empleadores.
La discriminación empeora con la edad. Las mujeres tienen menos posibilidades que los hombres de encontrar trabajo y más probabilidades de sufrir violencia física y abuso sexual”.
La OIT aporta las siguientes “Cifras claves” al respecto:
• Más de un 60 por ciento de las personas con discapacidad están en edad de trabajar, y sin embargo experimentan un índice de desempleo de entre 80 y 100 por ciento superior al de los trabajadores sin discapacidad.
• En Europa, el 52 por ciento de las personas gravemente discapacitadas no forma parte de la fuerza de trabajo.
• En el Reino Unido, los discapacitados de 26 años tienen cuatro veces más probabilidades de estar sin empleo que aquellos que no cuentan con discapacidad alguna.
• En 2005, el índice de empleo de las personas con discapacidad en edad de trabajar era sólo de 38 por ciento, respecto al 78 por ciento del resto. Dos tercios de los discapacitados que estaban desempleados declaró desear trabajar pero no encontrar puesto de trabajo.
• La diferencia de salario de las mujeres con discapacidad en Australia es superior en un 44 por ciento al de aquellas que carecen de ella. En el caso de los hombres, dicho porcentaje es del 49 por ciento, además de que la discapaci­dad tiene una influencia directa en el bajo nivel de los salarios.
En verdad, dada la bajísima participación de las PCD en el mercado laboral, cabría preguntarse si a las PCD les cabe la categorización de desem­pleados, o sencillamente de excluidos del mundo laboral, es decir, de ni ser pensados como trabajadores potenciales.[82]
 

El no-derecho a ganarse la vida

La discapacidad puede o bien anteceder al ingreso potencial al mercado laboral o bien derivar en la expulsión del mismo cuando el trabajador se discapacita, con lo cual al trabajador discapacitado se le niega el derecho a seguir ganándose la vida.
Detengámonos un momento en esta “negación del derecho a seguir ganándose la vida mediante el trabajo”. Si uno no se puede ganar la vida, ¿cómo hace para sobrevivir? ¿cómo hace para no morirse?  Citando a Alfredo Grande[83], médico psiquiatra y psicoanalista, “El miedo al desempleo es justamente pánico a la muerte, porque el desempleo es muerte”. Con lo cual, las personas con discapacidad, como desempleados crónicos, como exentos del trabajo y expulsados del mismo, serían como muertos en vida, que sólo sobreviven gracias a la caridad, a la limosna. Y romper con este mandato no es fácil.
Al respecto, quisiera relatar ahora el ejemplo de un joven sordo, profesionalmente habilitado como óptico, y que a pesar de estar oralizado – es decir, lee labios y habla perfectamente – no encaja en el esquema laboral de la empresa que pretende un perfil amplio que implica no sólo la fabricación y el armado de lentes sino también el trato comercial con los clientes y la imagen que desea proyectar la propia empresa hacia su mercado potencial. Por cierto, la empresa podría contratar a la persona sorda para proyectar una imagen de responsabili­dad social, para atraer hacia sí un mercado potencial de clientes sordos o con otras discapacidades. Pero la empresa no lo hace. Hay quienes intentan gene­rar espacios laborales para trabajadores con discapacidad destacando sus cualidades laborales (empeño, dedicación, profesionalismo) y hasta los benefi­cios económicos secundarios de contratarlos (descuentos en aportes sociales para la patronal), pero ni lo primero ni lo segundo logra convencer a los empre­sarios para contratarlos. ¿Qué opera aquí? Tal vez por la imagen previa, prejuiciada, acerca de la discapacidad: temor al contagio, temor al rechazo por parte de otros trabajadores, temor al rechazo por parte de clientes, temor a una baja productividad, temor a ausencias por enfermedad... o además, temor a tener que hacer ajustes en su esquema laboral o en la infraestructura para acomodar a dicha persona... o tal vez porque su imagen de las personas con discapacidad no le permite pensarlas desde ningún lugar productivo.
 

Para ser contratado, entonces, ¿qué tiene que demostrar la PCD?

Para ser contratado, la persona con discapacidad tiene que demostrar de alguna manera que no lo es, que de hecho lo que prima en él o ella es otra condición, tal vez profesional, pero en la cual debe demostrar un nivel de destaque tan elevado, superlativo, que permita al otro “olvidar” o dejar de lado la idea de la discapacidad. El discapacitado es aceptado cuando demuestra cualidades sobrehumanas, de superación, de genialidad, cuando se ubica en el lugar heroico que permita al otro admirarlo por haber podido “superar” su condición de discapacitado.” Tal fue mi propio caso luego de accidentarme, pasar por varios años de rehabilitación intensiva y a continuación ponerme a buscar trabajo nuevamente. Nuevamente, porque al accidentarme ya trabajaba, como sociólogo en una empresa de investigación de mercado. Quise retomar la actividad y para hacerlo me armé del siguiente discurso: “Como verá, tuve un accidente que me dejó parapléjico. Pero con esfuerzo y dedicación pude volver a caminar (con ortesis bilaterales y bastones canadienses). Si pude sobreponerme a eso, ¿qué no podré hacer por ustedes?”. Discurso que apunta al corazón del problema: a demostrar que contaba con sobrada capacidad para que ganaran plata conmigo, con el fruto de mi trabajo. Intentaba que dejaran de lado mi evidente limitación física y apostaran a mi potencial rol productivo para lo cual daba en evidencia una inigualable fuerza de voluntad. Fui convincente y conseguí un muy buen trabajo.  Otro caso es el de Stephen Hawkins, que no es pensado como alguien con esclerosis lateral amiotrófica, sino como un genio de la astrofísica... O en todo caso, se reconoce su patología pero se destaca su genialidad compensatoria y hasta envidiable. De no poder demostrar esto, la persona con discapacidad no encuentra cabida, lo cual conlleva la ausencia de derechos.
¿Cómo hace entonces una PCD común y corriente, una que ni tiene rasgos de genialidad, ni supo “elegir” la cuna en la cual nacer,[84] para demostrar que tiene potencial productivo?
Efectivamente, la discapacidad se convierte – jurídicamente hablando – en causa y justificación de ausencia de derechos, en incompatibilidad ciudadana. Y aquí quisiera volver a María Moliner, cuando define la “capacidad” como “Aptitud jurídica para realizar un acto civil o ejercer un derecho: ‘No tiene capa­cidad para testar’”, y la “incapacidad” (definición derivada de “discapaci­dad”) como “Causa que incapacita, en particular, legalmente”.  En sus acepcio­nes legales, María Moliner no hace sino reflejar el pensamiento jurídico y las prácticas legales prevalentes. Sordos inhabilitados para votar, porque supues­ta­mente “no entienden” (carecen de la cualidad de inteligencia, de ser pensante – en inglés a los sordos se los llama “dumb” – tontos); discapacitados inhabilitados para ejercer la docencia, porque constituyen un “mal ejemplo” para los educandos; discapacitados a quienes se les niegan títulos, licencia o habilita­ciones profesionales, sin los cuales no pueden trabajar; etc. 
Estos ejemplos señalan mecanismos naturalizados de exclusión, y que uno podría claramente tipificar como discriminatorios. Al referirme a mecanismos naturalizados quiero remarcar que estoy hablando de prácticas sociales estructuradas, sistemáticas, típicas, es decir, no aberrantes. Son prácticas que ocurren cotidianamente, sin que sus actores sean necesariamente concientes de ellas. Es decir, no pasan por decisiones razonadas o meditadas en lo más mínimo, lo cual no implica que sean irracionales. Sencillamente no son decisiones que se toman. Directamente son prácticas que ocurren de manera automá­tica porque guardan coherencia con una manera de pensar la realidad que ideológicamente torna invisibles a las personas con discapacidad, porque reproducen el lugar históricamente marginal y prescindible asignado a quienes “portan” alguna discapacidad, y porque son prácticas heredadas y lo heredado rara vez se cuestiona.
Sugiero entonces la noción de discapacidad como resto, como remanencia de lo inservible.
 
¿Qué hace un empleador cuando uno de sus trabajadores se discapacita, y qué hace el Estado? ¿En qué convierten a este trabajador discapacitado?
De hecho, cuando un trabajador se discapacita el empleador trata de “sacárselo de encima” induciéndolo a jubilarse por invalidez.[85] Pretende que el Estado se haga cargo de quien ha perdido sus plenas facultades productivas. El empleador sospecha que no podrá generar con su trabajo no sólo el valor de su salario sino tampoco el beneficio que espera de él (su ganancia), y el aporte que ambos deben hacer al Estado en materia de impuestos y cargas sociales.  Esta expulsión del mercado laboral, esta negación del derecho a seguir ganándose la vida mediante el trabajo, abrocha con claridad el sentido de la discapa­cidad y permite explicarse por qué las personas con discapacidad en edad económicamente activa no consiguen trabajo, a pesar de las leyes de cupo laboral y de los “estímulos” económicos para empleadores.[86]
Con el desarrollo del capitalismo, entonces, surge un sector social en el que desde sus inicios confluyen la pobreza y la discapacidad.[87] Y a dicho sector fluyen no sólo quienes no pueden ingresar a la fuerza de trabajo como asalariados, sino también quienes producto de lesiones y enfermedades laborales son expulsados de la fuerza de trabajo, y también quienes sufren lesiones y enfermedades producto de condiciones de vida paupérrimas, de hacinamiento, de desnutrición, en la más abyecta pobreza.
Este doble movimiento de exclusión y expulsión de la fuerza de trabajo ubica a la discapacidad como condición de no-explotación o, en “el mejor de los casos”, de super-explotación, como ya señalara previamente.
Para comprender aún mejor el lugar que ocupan las PCD en el sistema de producción capitalista que conocemos, sirve remitirnos a la obra de quien con mayor lucidez analizara este proceso de producción, es decir, a El Capital: Crítica de la economía política, de Carlos Marx, cuando se refiere a la necesaria y constante generación de un sector de trabajadores desempleados, en respuesta a los ciclos de producción, expansión y retracción. Marx se refiere a esta masa de desempleados o desocupados como superpoblación relativa.
“Constituye un ejercito industrial de reserva, un contingente disponible, que pertenece al capital de un modo tan absoluto como si se criase y mantuviese a sus expensas. Le brinda el material humano, dispuesto siempre a ser explotado a medida que lo reclamen sus necesidades variables de explotación e independiente, además, de los limites que pueda oponer el aumento real de población”. [88]
 
Y esta superpoblación relativa crece con el desarrollo técnico de las condiciones de producción, que por una parte expulsa mano de obra reemplazada por maquinaria cada vez más avanzada, y por otra, ocupa durante más tiempo la mano de obra empleada.
“... la formación de una superpoblación relativa o la desmovilización de obreros avanza todavía con mayor rapidez que la transformación técnica del proceso de producción, acelerada ya de suyo con los progresos de la acumulación y el correspondiente descenso proporcional del capital variable respecto al constante. (...) El exceso de trabajo de los obreros en activo engrosa las filas de su reserva, al paso que la presión reforzada que esta ejerce sobre aquellos, por el peso de la concurrencia, obliga a los obreros que trabajan a trabajar todavía más y a someterse a las imposiciones de capital. La existencia de un sector de la clase obrera condenado a la ociosidad forzosa por el exceso de trabajo impuesto a la otra parte, se convierte en fuente de riqueza del capitalista individual y acelera al mismo tiempo la formación del ejercito industrial de reserva, en una escala proporcionada a los progresos de la acumulación social”. [89]
 
Esta superpoblación relativa asume diversas modalidades, y todo obrero pertenece a ella ya sea cuando está desocupado, ya sea cuando trabaja a tiempo parcial. Sin embargo, hay un sector que queda tan marginado del ejercicio activo del trabajo, que termina en condiciones de vida paupérrimas. Según Marx, nuevamente, esta capa social, en condiciones de vida paupérrima, está formada por tres sectores: “personas capacitadas para el trabajo” (su masa aumenta con las crisis y disminuye cuando los negocios se reaniman), “huérfa­nos e hijos de pobres” (candidatos al ejercito industrial de reserva y enrolados como trabajadores activos en épocas de gran actividad), y “degradados, despojos, incapaces para el trabajo”. Respecto a estos últimos, es decir, a quienes les cabría la denominación de “discapacitados”, Marx señala:
“Se trata de seres condenados a perecer por la inmovilidad a que les condena la división del trabajo, de los obreros que sobreviven a la edad normal de su clase y, finalmente, de las victimas de la industria, cuyo número crece con las máquinas peligrosas, las minas, las fábricas químicas, etc., de los mutilados, los enfermos, las viudas, etc. El pauperismo es el asilo de inválidos del ejército de obreros en activo y el peso muerto del ejército industrial de reserva. Su existencia va implícita en la existencia de la superpoblación relativa, su necesidad en su necesidad, y con ella constituye una de las condiciones de vida de la producción capitalista y del desarrollo de la riqueza. Figura entre los faux frais de la producción capitalista, aunque el capital se las arregle, en gran parte, para sacudirlos de sus hombros y echarlos sobre las espaldas de la clase obrera y de la pequeña clase media”.[90]
 
Según Marx, el rápido desarrollo del capitalismo, de los medios de producción y de la productividad del trabajo, y de la población productiva se convierte en su contrario, en que la población obrera crece más rápido que la necesidad de explotación del capital, y por ende genera esta superpoblación relativa. De ahí que Marx vincula la acumulación de riqueza, por parte del capitalista, con la acumulación de miseria, por parte de la clase trabajadora. Es decir, la riqueza de unos pocos se construye sobre la miseria de las mayorías, y dentro de estas mayorías, la mayor de las miserias recae sobre aquellos integrantes de la superpoblación relativa que el mismo sistema de producción convierte en “degradados, despojos, incapaces para el trabajo”.[91]
Pareciera, entonces, que las personas con discapacidad no reunieran las condiciones esperables para insertarse en el proceso de producción y distribución de bienes y servicios, en el proceso de producción de valor (econó­mico fundamental­mente) y de realización de valor (en el inter­cambio).
Profundicemos ahora un poco en esta realidad tal como se expresa en la actualidad.[92]
 

¿Con qué preparación laboral ingresan jóvenes con discapacidad a la población activa?

Con el desarrollo del capitalismo, con los enormes avances en conocimientos y aplicaciones científicas y tecnológicas, cada vez se torna más imprescindible llegar a edad laboral con una sólida formación desde la escolaridad primaria y secundaria, ni que hablar de la terciaria o universitaria. Nunca ha sido más cierto que la educación es la llave de entrada al mercado laboral. Sin embargo, ¿qué porcentaje de las PCD ha sido escolarizada? ¿con qué nivel de formación llegan jóvenes con discapacidad a dicho mercado? ¿qué formación han tenido que los prepare para la disciplina, el rigor y las exigencias horarias y de responsabilidades en el trabajo?
Según datos de la ENDI, la asistencia actual en el sistema educativo alcanza al 13,8% de las PCD mayores de 3 años, mientras que alcanza al 33% para el total de la población. Más aún, “una de cada 3 PCD no ha accedido al umbral mínimo de educación” versus una de cada 10 para la población total. Sólo el 17,8% de las PCD terminaron sus estudios secundarios versus el 37,1% para la población total. Si vamos al extremo de medir analfabetismo, el 9% de las PCD no saben leer o escribir versus el 2% para la población total. Sin embargo, el porcentaje de analfabetismo es particularmente alto entre quienes pudieran ingresar al mercado laboral: 20,9% entre 15 y 29 años versus 0,8% para la población total. [93]
Esta realidad no es exclusiva para Argentina. Según datos de EEUU, más del 40% de las PCD abandonaron la secundaria versus el 15% de los adultos en la población en su conjunto. [94]
Un estudio reciente sobre educación inclusiva y accesibilidad en Argentina analizó las dificultades que enfrentan padres para inscribir a sus hijos con discapacidad en escuelas comunes (y hablamos sólo de hijos con discapacidad motriz, sin compromiso cognitivo o intelectual). Los recorridos Kafkaianos que llevan a callejones sin salida y la prevalente derivación a escuelas especiales conllevan el mensaje implícito de desinterés por educarlos en serio para una inserción laboral a futuro. [95]
Todo esto conlleva a que...
la persona con discapacidad habitualmente llega a su primer experiencia laboral sin una cultura de trabajo, sin una formación previa en la que se le haya inculcado lo que se espera de ella como trabajadora, razón por lo cual o bien suele entrar en pánico ante la oportunidad que se le abre, o llega tarde o falta al trabajo sin avisar siquiera, porque asume que su discapacidad es de por sí explicación suficiente”
...y a que...
“el empleador vive a la persona con discapacidad con extrañeza, le sorprende e inquieta su desconocimiento de las reglas básicas de cómo comportarse en un ámbito laboral, interpreta su comportamiento como un “querer sacar ventaja” por la discapacidad, y no sabe cómo dirigirse a la persona para plantearle sus incumplimientos y lo que se espera de ella; sin embargo, también puede suceder que la persona con discapacidad llegue culturalmente formada para el trabajo, y con las competencias necesarias, pero que estás últimas no sean reconocidas y se le asignen tareas que desmerezcan su preparación previa” [96]
 
Resumiendo, las PCD llegan a su edad laboral sin contar con los recursos necesarios para ser considerados como trabajadores, para conservar un trabajo, o crecer en él cuando excepcionalmente se les ofrece la oportunidad.
 

¿Qué ha pasado a partir de la flexibilización laboral?

Hoy, y desde hace ya varios años, prevalecen más horas de trabajo diarias sin pago, o al valor de la hora normal. Ya no se habla de trabajo full-time [jornada completa], sino de trabajo full-life [vida completa], sin límites de horario en el día ni posibilidad de descanso programado semanal, cual si hubiéramos ingresado a una nueva etapa de esclavitud, solo que el empleador no se hace cargo ni del pan ni del techo. En el caso de personas con discapacidad, se exige el cumplimiento de jornadas de 8 horas o más, sin hacer los ajustes correspon­dientes al ritmo posible y a las necesidades de descanso que algunas discapa­cidades imponen. Para trabajar se exige competir en igual­dad de condiciones pero sin considerar una necesaria equiparación de oportunidades.
Tomemos el ejemplo de un trabajador con esclerosis múltiple, técnicamente capacitado para la tarea. Habitualmente, los médicos aconsejan que trabaje part-time (tiempo parcial), y se tome descansos periódicos durante la jornada. Ambas modalida­des no tienen cabida en el mercado laboral contemporáneo, estructurándose desde ya su exclusión del mismo o alto riesgo de mayor deterioro físico de intentar cumplir con la jornada laboral requerida.
Tomemos el caso de un parapléjico o cuadripléjico que seguramente requiera sondearse cada 3 a 4 horas para lo cual insume entre 30 a 45 minutos por vez. Si está obligado a cumplir con 8 horas de trabajo (que implica normalmente 9 horas de presencia), o su equivalente en tarea cumplida, su jornada normal de por sí se verá extendida por 1 ½ a 2 horas diarias, para un total de 10 ½ a 11 horas por día. Y esto, suponiendo que el lugar de trabajo cuente con un baño accesible.
En estas condiciones laborales, ¿en qué momento del día podrá dedicarse a recuperar y mantener su salud? Y además, ¿cómo hace para llegar al trabajo si no cuenta con transporte público accesible? ¿Qué proporción de su sueldo gasta en transporte privado alterno, ya sea por taxi, remis o en su auto particular? ¿Cuánto le queda para satisfacer sus demás necesidades cotidianas? Agobiado física y mentalmente, descubre también que su sueldo le rinde muy poco en función del enorme esfuerzo por equiparar la oportunidad que le ofrece al empresario para que lo explote. ¡Qué paradoja!
 

¿Qué pasa con los contratos part-time?

También están los contratos de trabajo de menor duración sin seguridad de continuidad y sin garantías de indemnización por despido. Esto genera enorme ansiedad y preocupación en todo trabajador, y lo ubica en una situación de desamparo gremial ante la patronal, dependiendo de la buena voluntad del empleador y por ende de una autocensura en efectuar cualquier reclamo laboral. En el caso de la persona con discapacidad, refuerza aspectos ideológicos de agradecimiento y estructura una relación cargada de connotaciones de servidumbre y dependencia.
 

¿Qué pasa con la tercerización o outsourcing?

Por otra parte está la tercerización o outsourcing de trabajo a destajo o de cuenta-propismo desde el hogar. Es una modalidad de contratación extramuros que permite a las empresas evitar el pago de aportes previsionales y de horas extras, ahorrar en gastos fijos, y trasladar todo el riesgo de la actividad al trabajador, mediante la contratación de mano de obra muy barata que se requiere esté en total disponibilidad horaria.
En esta modalidad, la ideología del trabajo full-life (vida completa) asume su verdadera dimensión, invadiendo la vida familiar y generando situaciones laborales de alto riesgo para la salud física y emocional del trabajador supuestamente independiente, producto del stress, la falta de descanso y de una rutina de trabajo que permita estructurar el día o la semana.
El telemarketing es un buen ejemplo de esto, recluyendo al trabajador al espacio físico de su hogar, sin que pueda establecer relaciones sociales con compañeros de trabajo, y liberando, de hecho, a las empresas de efectuar adecuaciones arquitectónicas, ergonómicas o funcionales. Consti­tuye una suerte de ghetoización del trabajo.
 

¿Qué rol cumplen las leyes previsionales para desincentivar el trabajo?

La flexibilización y precarización laboral liberan a las empresas, y al mismo Estado que asume estas formas de contratación, de la responsabilidad de efectuar aportes previsionales o les permiten imponer a los mismos trabaja­dores asumir toda la carga previsional. Esto último es bastante frecuente en pequeñas y medianas empresas para personal contratado en blanco o en negro.
En el caso de personas con discapacidad, las normativas de aportes previsionales han variado según los funcionarios de turno. Durante años, primó el criterio de que una persona con discapacidad, y especialmente jubilada o pensionada por discapacidad, no podía trabajar, caso contrario debía renunciar a su derecho adquirido. Desde un punto de vista estricta­mente económico, para que tuviera sentido trabajar, la remuneración tendría que superar el ingreso jubilatorio o por pensión, y la obra social debería reconocer la pre-existencia para contar con cobertura médica. Pero, como además, jamás hubo garantía de poder recuperar de manera automá­tica o ágil el derecho a percibir la jubilación o pensión si se quedaba cesante, estas inseguridades funcionaron como fuerte mecanismos de exclusión para trabajar, y pasar de pasivo a activo.
Hoy día, la normativa permite trabajar y seguir percibiendo la jubilación o pensión, siempre y cuando (y cito casi textualmente la Resolución 426/98 del Ministerio de Trabajo) uno se halle en condiciones de desempeñar actividades relativamente simples, de menor responsabilidad, con escasas posibilidades de movilidad y ascenso, con una reducida jornada horaria, o con remuneraciones que no constituyen un medio ponderable de vida. Es decir, el reconocimiento del derecho a trabajar teniendo una discapacidad sólo es admisible si el empleo es mal pago, sin posibilidades de progresar y de tiempo parcial. [97]
Además, esta Resolución ignora que para trabajar, una persona con discapacidad seguramente precise utilizar medios de transporte caros (taxis, remises, o autos particulares) ante la ausencia de transporte público accesi­ble, siga requiriendo de asistentes para vestirse e higienizarse (según la discapacidad), siga precisando elementos de ayuda para la vida diaria (sean bastones, silla de ruedas, audífonos, u otros), siga con medicamentos o requiera de prestaciones kinésicas o de otras especialidades, y de apoyo psicológico. Y todo ello cuesta y mucho y son gastos que no están cubiertos adecuadamente ni por seguro médico ni por obra social alguna. Por ende, podemos afirmar que nuestro sistema previsional también se erige en un mecanismo de exclusión para trabajar ya que no contribuye a garanti­zar un nivel de ingreso que justifique el esfuerzo por trasladarse y trabajar.
 

Para concluir, quisiera compartir las siguientes reflexiones

Mi enfoque principal ha sido analizar el concepto de discapacidad como íntimamente relacionado al surgimiento del sistema de producción capitalista que conocemos. Sin embargo, hemos visto evidencias de prejuicios culturales referidos a personas con deficiencias y/o deformidades (y digo deficiencias y/o deformidades y no discapacidad) en occidente aun mucho antes de la emer­gencia del capitalismo. Como hemos visto, hay ejemplos de ello en la cultura griega, en las religiones judeo-cristianas, así como en expresiones artísticas mucho antes del renacimiento. Más aún, muchas de estas ideas perduran hasta hoy día, y conviven con las que surgieron con el capitalismo. Es, justamente, una característica del imperio de las ideologías, que sobreviven las épocas en que salieron a luz.
Dicho esto, vuelvo a insistir con la tesis de que la discapacidad, como categoría analítica, surge con el capitalismo y sirve para discriminar entre quienes se consideran aptos / capaces para trabajar productivamente y quienes no. Curiosamente entonces, nuestra lucha, es decir el de las personas con discapaci­dad, viene siendo, dentro de esta sociedad, por el derecho a ser “explotados”,[98] conscientes muchos de que en verdad nuestra realización como personas sólo la lograremos en la lucha por una socie­dad construida sobre nuevas bases sociales, donde el criterio de valoración según nuestra productividad sea reem­plazado por un criterio que valore aquello que podamos aportar, aunque no sea cuantificable como ganancias (extraordi­narias o no) para unos pocos.


[1] NOTA: Este trabajo es un borrador.
[2] ejoly@rumbos.org.ar  Presidente, Fundación Rumbos; Miembro fundador, REDI – Red por los Derechos de las Personas con Discapacidad
[3] Esta sección remite a un trabajo previo: Joly, Eduardo: “Capacidades remanentes y adaptación de puestos de trabajo”, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Derecho, Jornada sobre Inserción Laboral de las Personas con Discapacidad, 15 de Mayo de 2007
[4] María Moliner, Diccionario de Uso del Español (Segunda edición, 1998, Editorial Gredos, España)
[5] El concepto de construcción social empleado aquí remite a la obra clásica de Peter L. Berger y Thomas Luckmann: The Social Construction of Reality (Doubleday, Anchor Books, New York 1966). Sin embargo, a medida que avancemos en este trabajo el sentido que le doy irá cambiando para terminar bastante alejado de la intención original dada al mismo por estos autores. Hay versión en castellano de esta obra: Berger, L. y Luckmann, T: La construcción social de la realidad. Amorrortu. Buenos Aires, 1975.
[6] Ver Oliver, Michael: The Politics of Disablement (The Macmillan Press, London, 1990), p.xi.
[7] Servicio Nacional de Rehabilitación del Ministerio de Salud de la Nación, Comisión Nacional Asesora para la Integración de Personas Discapacitadas (CONADIS).
[8] Tomo la manera de presentar esta clasificación de un documento de la CONADIS: Política Integral de Acción para Personas con Discapacidad 2004-2007, Resolución CNAIPD N° 39/04.
[9] Esta limitación conceptual se extiende inclusive a la nueva clasificación de la OMS (2001), conocida como Clasificación Internacional de Funciones de la Discapacidad y de la Salud (CIF). Según Carlos Egea García y Alicia Sarabia Sánchez [Clasificaciones de la OMS sobre discapacidad”, en http://usuarios.discapnet.es/disweb2000/art/ClasificacionesOMSDiscapacidad.pdf], la CIFhabla de funcionamiento(como término genérico para designar todas las funciones y estructu­ras corporales, la capacidad de desarrollar actividades y la posibilidad de participación social del ser humano), discapacidad(de igual manera, como término genérico que recoge las deficiencias en las funciones y estructuras corporales, las limitaciones en la capacidad de llevar a cabo actividades y las restricciones en la participación social del ser humano) y salud(como el elemento clave que relaciona a los dos anteriores)”. La aparente pretensión es salirse del estrecho marco «médico-sanitario» incluyendo de manera explicita ámbitos sociales más amplios. Lo importante a notar es que toda la clasificación se encuadra en un enfoque “desde la salud” incorporando como “novedad” el concepto de “desempeño/ realización” (“performance” en inglés) de tareas o actividades por parte del individuo. En este sentido, la novedad del CIF es explicitar el vínculo de la discapacidad con lo que se espera del individuo en sociedad como sujeto de producción, medido esto en términos de su “performance”.
[10] Oliver, Michael: The Politics of Disablement, p.7-8.
[11] Joly, Eduardo: “Discapacidad, salud y explotación: una construcción social”, Encuentro Nacional de Discapacidad y Enfermos Crónicos – Foro de Salud – Buenos Aires, Noviembre 2003 – Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Buenos Aires.
[12] Joly, Eduardo: “La experiencia de un parapléjico: El valor de la incertidumbre”. Ponencia en Segundo Congreso Caneo 1997 (Capítulo Argentino de Neuroortopedia). Buenos Aires, 1997.
[13] Thomas Kuhn, en The Structure of Scientific Revolutions (University of Chicago Press, 1962), plantea que los cambios de paradigma se dan cuando al enfoque dominante hasta el momento se le plantean preguntas claves para las cuales no tiene respuesta. Versión en castellano: La Estructura de las Revoluciones Científicas (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006).
[14] Los primeros esbozos de un modelo social de la discapacidad surgieron en Inglaterra en 1972 y se plasmaron en el documento seminal de UPAIS – The Union of the Physically Impaired Against Segregation (1974 y modificado en1976). http://www.leeds.ac.uk/disability-studies/archiveuk/UPIAS/UPIAS.pdf. Sus autores, en su amplia mayoría provenientes de distintas corrientes del socialismo inglés (Paul Hunt, Michael Oliver, Vic Finkelstein, entre otros), optaron por la denominación de “personas discapacitadas” o “discapacitados” para referirse a sí mismos. En EEUU, quienes empezaron luego a pensar desde este modelo optaron por “personas con discapacidad”. Cualquiera de estas denominaciones es preferible a las re-semantizaciones que pretenden librar al concepto de connotaciones negativas o de tornarlo políticamente correcto, tales como “personas con necesidades especiales”, “personas especiales”, “personas con capacidades diferentes”, “personas con desafíos”. Ver Joly, Eduardo: La discapacidad como construcción social. Seminario Interdisciplinario “Capacidades y Diferencias”. La Plata. Octubre 2002. 
[15] Ver Coriat. Silvia Aurora: Lo Urbano y lo Humano: Hábitat y Discapacidad, CP67, Universidad de Palermo, Fundación Rumbos, Buenos Aires, Madrid, 2003.
[16] El análisis de estos últimos tres párrafos ya fue expuesto en Joly, Eduardo: La discapacidad como construcción social, op.cit.
[17] Joly, Eduardo: “Capacidades remanentes y adaptación de puestos de trabajo”, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Derecho, Jornada sobre Inserción Laboral de las Personas con Discapacidad, Mayo 2007, basado en aportes de las arquitectas Silvia Coriat, Silvia Oddone y Cecilia González Campo.
[18] Según nuestra Constitución Nacional, los tratados internacionales suscriptos por el país asumen jerarquía constitucional.
[19] Aquí me remito a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de la ONU, como también a las Declaraciones subsidiarias referidas a Derechos Sociales y Económicos, a las Normas Uniformes para la Equiparación de Oportunidades de las Personas con Discapacidad, también de la ONU, a la Convención Interamericana para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra las Personas con Discapacidad y a la más reciente Convención Internacional sobre Derechos de las Personas con Discapacidad.
[20] Habitualmente se emplea el término “vulnerables”, aunque prefiero el de “vulnerados”. “Vulnerables” remitiría a una condición intrínseca de las personas, mientras que “vulnerados” remitiría al resultado de un accionar de otros sobre las personas.
[21] Entre ellos los autores que han investigado la discapacidad desde la economía política y con una mirada crítica, se destacan: Russell, Marta: The political economy of disablement, en Dollars and Sense. 2002;  Russell, M.: Beyond Ramps: Disability at the end of the social contract. Common Courage Press: Monroe, ME. (1998); Russell, M.: Targeting Disability, en Monthly Review, Vol. 56, Nro. 11, April 2005; Russell, M.: What Disability Civil Rights Cannot Do: Employment and Political Economy, en Disability & Society, Vol.17, No.2, 2002; Russell, M.: Productive Bodies and the Market, en Left Business Observer #92 Nov. 1999; Oliver, Michael: The Politics of Disablement. Basingstoke: Macmillan and St Martins Press (1990); Oliver, Michael: Capitalism, Disability and Ideology: A Materialist Critique of the Normalization Principle, University of Greenwich, London, England; Albrecht, G: The Disability Business: Rehabilitation in America. Newbury Park, CA., Sage. (1992); Estes, C.: Political Economy of Aging: A Theoretical Framework. In Estes, C. & Associates (Eds.), Social Policy and Aging. Thousand Oaks, CA: Sage Publications, 2001; Grossman, Brian R.: Political economy perspec­tives on disability and aging: competing of complementary frameworks?, presentado en Issues in Disability and Aging Panel, Conferencia Social Policy As if People Matter, Adelphi University, Garden City, NY, USA, Nov.11-12, 2004; Clear, Mike and Gleeson, Brendan: Disability and Materialist Embodiment, en Journal of Australian Political Economy, No. 49; Abberley, Paul: The concept of oppression and the development of a social theory of disability en Disability, Handicap, and Society, Vol. 2, No.1 (1987), también en Chapter 10 de Barton & Oliver (1997) Disability Studies: Past Present and Future, Leeds, The Disability Press.
[22] Buena parte de este análisis apareció en Joly, Eduardo: ¿Qué le pasa a la ciencia y a la tecno­logía con las personas con discapacidad: las ve, las escucha, o es sorda y ciega?, Ponencia en Mesa Redonda sobre Cooperación en Ciencia y Tecnología con Incidencia en la Autonomía Personal de los Niños y Adolescentes con Graves Problemas de Discapacidad, en la VIII Conferencia Científica del Programa CYTED - Reunión de Ministros y Altas Autoridades de Ciencia y Tecnología de la Comunidad Iberoamericana, celebrado en Panamá, Mayo 8-9, 2000.
[23] Ver también el efecto de la precarización laboral en la salud mental de los trabajadores en Bermann, Sylvia: Trabajo Precario & Salud Mental, Narvaja Editor, Córdoba, Argentina 1995.
[24]Hannington, Wal: The Problem of the Distressed Areas (Gollancz, London, 1937). La descripción de Hannington sirve para pensar cómo la producción de la discapacidad sigue los grandes ciclos económicos, y especialmente las crisis periódicas que caracterizan al sistema de producción capitalista.
[25]Oficina Internacional del Trabajo, 12 de mayo de 2003: Noticias de la OIT: La OIT lanza el primer informe global sobre discriminación en el trabajo. Cita textual: “La tasa de desempleo de los discapacitados alcanza por lo menos el 80 por ciento en muchos países en desarrollo. Estas personas se encuentran a menudo en empleos con bajos ingresos, no calificados y de escasa importancia o sin protección social alguna.”
[26] Ver Presentación ante el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, Cuestiones a considerar en Informe periódico sometido por Argentina en cumplimiento del art. 9 de la Convención sobre la Eliminación de la Discriminación Racial, conocido como Contrainforme CERD Julio 2004, elaborado por el CELS, el Servicio Ecuménico de Apoyo y Orientación a Refugiados y Migrantes, junto a la FIDH, p.19. http://www.cels.org.ar/Site_cels/index.html .  Para un mayor desarrollo, ver el Anexo IV - La Situación de las Personas con Discapacidad en Argentina, preparado por REDI, CELS, y RALS, Agosto 2003,
[27] Ver Joly, Eduardo: “¿Podemos confiar en la ENDI?”, trabajo presentado en la Facultad de Derecho, Universidad de Buenos Aires, 5, 6 y 7 de julio de 2006, IV Jornadas Nacionales Universidad y Discapacidad “Reconocer La Diferencia Para Proteger La Igualdad”, disponible en www.rumbos.org.ar. Ver nota a pié de pagina 23, donde se lee: Máximo Gómez Villafañe, Marzo 2006, en nota difundida por e-mail titulada “Importante Noticia”, donde consigna: “De ello resulta que la Tasa de desocupación entre las personas con discapacidad es sólo del 15.8%, mientras que para el total de la población es del 16.7%. Como consecuencia se estima "una diferencia que no parece importante y que no permite sugerir una mayor tendencia a la desocupación entre las personas con discapacidad" (página 140 ENDI). ¿No les parece sensacional? Tanto se ha trabajado en equiparar las oportunidades.” Esta tasa de desocupación soslaya el hecho de que las PCD que buscan trabajo habitualmente se limitan a anotarse en las bolsas de trabajo de organismos estatales (CONADIS, COPINE, Ministerio de Trabajo de la Nación) o de entidades privadas tales como Fundación Par.
[28] INDEC, CONADIS: La población con discapacidad en la Argentina – Encuesta Nacional de Personas con Discapacidad (ENDI), Buenos Aires. 2005, p.136.
[29] ENDI, pp. 136-140. Estos datos son de por sí dudosos, aún cuando incluya en población activa a cuenta-propistas, trabajadores de La Solidaria, y quienes estén efectivamente buscando trabajo. Ver Joly, Eduardo: ¿Podemos confiar en la ENDI?
[30] La presencia de una persona con discapacidad en un hogar implica una carga económica y social que tiende a deprimir el nivel de vida del hogar en su conjunto, ya que dicha persona demanda gastos permanentes en equipamiento especial (por lo general costoso e inadecua­damente cubierto por obras sociales, sistemas privados de salud y programas de asistencia pública social) y en asistencia personal (también costosa si es contratada privadamente ya que no suele estar cubierta por programas públicos sociales, o en su defecto, invo­lucra el trabajo impago de otro integrante del hogar que a su vez encuentra sus oportunidades de desa­rrollo seriamente limitadas, sean educativas o laborales). En ausencia de datos confiables en Argentina, citaré resultados de un estudio de la empresa de encuestas Harris, realizado en EE.UU. en 1998, donde el 68% de las PCD encuestadas expresaron que no contaban con dinero suficiente, el 40% no tenía un seguro de salud adecuado a sus necesidades, el 34% contaba con ingresos familiares inferiores a USD 15000 anuales (lo cual los ubicaba en nivel de pobreza para dicho país, versus el 12% en esa situación en hogares sin PCD). Según datos extra-oficiales de la Presidenta del Consejo Nacional sobre Discapacidad de los EEUU, confia­dos a Joly en el 2000, el porcentaje de mujeres con discapacidad que trabaja es significativa­mente inferior al de hombres con discapacidad que trabaja, y los ingresos de estas mujeres es muy inferior al de los hombres; el ingreso de las mujeres con discapacidad equivale al 43% del ingreso de los hombres con discapacidad; y si la mujer con discapacidad pertenece a una minoría étnica, a saber negra o latina, la situación es aún peor.
[31] Según la ENDI, el 20,7% de las PCD perciben una jubilación ordinaria (ENDI, p.100), el 13,6% una pensión por fallecimiento (ENDI, p.102), el 5,6% una jubilación o retiro por invalidez total para lo cual se presume que “produzca en su capacidad laboral una disminución del 66 por ciento o  más” (ENDI, p.105), el 7,2 una pensión no contributiva a causa de la discapacidad (ENDI, p.106). Sin diferenciar por tipo de jubilación o pensión, el 43,4% de las PCD las percibe, versus el 14% para la población total ENDI, (p.110-111). Además, la ENDI señala que “hasta los 65 años son mayoría las personas con discapacidad que no acceden a ningún beneficio de la seguridad social” (ENDI, p.112).  Por otra parte. el 60,3% de las PCD encuestadas tienen cobertura de salud por obra social y/o plan de salud privado o mutual (ENDI, p.78). Cabe destacar que el acceso a dichas prestaciones no es automático sino que las PCD suelen verse obligadas a judicializar la demanda vía recursos de amparo.
[32] ENDI, p.97.
[33] Ver Silberkasten, Marcelo: “La construcción imaginaria de la discapacidad” (1ra. Edición, 2006, Topía Editorial, Colección Psicoanáli­sis, Sociedad y Cultura, Buenos Aires)
[34] Correspondería investigar el derecho del discapacitado a limosnear que se remonta a las leyes de vagancia y mendicidad, presentes en Inglaterra a partir del siglo XVI, así como los edictos en época del Virreinato del Río de la Plata, y luego de la independencia, y posteriores.
[35] Ver Silberkasten.
[36] El Estado Nacional financia en parte vía la Ley de Cheques a instituciones prestatarias. Ver informes del Grupo 1600.
[37]Ver Oliver, Michael: “Disability and the Rise of CapitalismenThe Politics of Disablement, 1990.
[38]Ver Barnes, Colin: A Legacy of Oppression: A History of Disability in Western Culture, en Disability Studies: Past Present and Future, ed. by Len Barton and Mike Oliver (1997), Leeds: The Disability Press.
[39] Garland, Robert. The Eye of the Beholder: Deformity and Disability in the Graeco-Roman World. Ithaca: Cornell University Press. 1995.
[40] Citado en Garland, Robert, p.14.
[41] El uso del término “discapacitado” por parte de Garland es cuestionable ya que dicho concepto aún no había surgido en la antigüedad, y como veremos ni en el período feudal.
[42] Ver http://www.diligio.com/classical.htm
[43]http://www.vicariadepastoral.org.mx/sagrada_escritura/biblia/antiguo_testamento/03_levitico_05.htm#cap21
[44] http://www.vicariadepastoral.org.mx/sagrada_escritura/biblia/antiguo_testamento/05_deuteronomio_06.htm#cap28
[45]http://www.vicariadepastoral.org.mx/sagrada_escritura/biblia/nuevo_testamento/01_mateo_02.htm#cap9
[46] Para un desarrollo particular sobre el enfoque judaico, ver Gracer, Bonnie L.: What the Rabbis Heard: Deafness in the Mishnah, en Disability Studies Quarterly, Spring 2003, Vol. 23, No. 2, pp.192-205.
[47] Según Lloyd deMause (1980), citado en http://www.diligio.com/classical.htm
[48] Ver Oliver, op.cit.
[49] Según Russell (The political economy of disablement): “Los estudiosos sugieren que bajo el sistema feudal, las personas con discapa­cidad eran vistas como infrahumanas y, como muchos otros, sufrieron enor­memente bajo condiciones extremadamente difíciles, pero la mayoría estaba integrada a sus comunidades. Algunos sobre­vivieron realizando el trabajo que podían, en los campos o en la cocina. Algunos se convirtieron en artesanos habilidosos, dominando una actividad que, notablemente, les permitió trabajar a su propio ritmo.”
[50]Stone, 1984.
[51] Escrito por Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, de la Orden de los Dominicanos e Inquisidores, ambos de la Iglesia Católica, el Malleus Maleficarum, tuvo enorme influencia entre fines del siglo XV y fines del siglo XVII.
[52]Haffter, 1968
[53] Ver Andrés-Gallego, José: La esclavitud en la América española. Ediciones Encuentro y Funda­ción Ignacio Larramendi. Madrid. 2005.
[54] Williams, Eric: Capitalism and slavery (1944). Andre Deutsch. London. 1964. También ver Genovese, Eugene: The political economy of slavery: Studies in economy and society of the slave South. New York. Vintage Books. 1967.
[55] Resumen conceptual del aporte de Eric Williams hecho por Andrés-Gallego, op.cit. pp.14-15.
[56] Marx, Carlos: El Capital: Crítica de la economía política. Tomo I. Fondo de Cultura Económica. México. 2001 (1ra edición en  alemán 1867), pp. 645-646.
[57] Andrés-Gallego, op.cit. pp.32-33.
[58] Andrés-Gallego, op.cit. pp. 86.
[59] Andrés-Gallego, op.cit. pp. 87.
[60] Según Andrés-Gallego, op.cit. p.89: “Los esclavos eran llevados a América para trabajar; la experiencia de los indios, al principio de la Conquista, no había sido buena; no resistían el ritmo de trabajo al que estaban acostumbrados los españoles (la jornada de sol a sol)”.
[61] Ver Engels, Friedrich: The Condition of the Working Class in England (1887). Penguin Classics. London 1987. También ver  E.P. Thompson, The making of the English Working Class (1963). Penguin. London.
[62]Russell, Marta: The political economy of disablement, en Dollars and Sense, Septiembre de 2002. Russell comenta: “...Mark Priestly, demuestra que los estatutos Ingleses de los siglos XV y XVI tenían un doble enfoque – vigilancia y disciplina para aquellos cuyo trabajo podía ser explotado provecho­samente; vigilancia y confinamiento para aquellos que el mercado no podía emplear lucrativamente. Hacia 1597, los estatutos definían a los "incapaces de trabajar" como "...los lisiados, impotentes, viejos, ciegos y otros como ellos...".  Priestly concluye, "Las personas con déficit experimenta­ron una transición desde su integración en la esfera privada a la segregación, la vigilancia y el control, y ese proceso parece haberse iniciado en la primera mitad del siglo XVI". Russell sigue: “Los requerimientos del capitalismo industrial, sin embargo, efectivamente segregaron a los "aptos" de los "no-aptos," reduciendo la capacidad de las personas con discapacidad de funcio­nar como miembros productivos de sus comunidades. Las nuevas dinámicas de producción devaluaron aun más los cuerpos discapaci­tados. Los capitalistas valoraban a los trabajadores sin discapacidad porque los podían empujar a producir a ritmos cada vez mayores lo cual permitió incrementar las ganancias para la clase propietaria. Pero a medida que el trabajo se fue compartimentando cada vez más, requiriendo movimiento mecánicos precisos por parte del cuerpo, en sucesión cada vez más rápida, las personas con discapaci­dad eran vistas como menos "aptas" para realizar las tareas entonces requeridas de la clase obrera”.
[63] Ver  Thompson, E.P.: The Making of the English Working Class (1963). Penguin History. London.
[64]Ver Oliver, op.cit.
[65] Russell, Marta and Stewart, Jean: Disablement, Prison and Historical Segregation, en Monthly Review, Vol. 53, Nro. 3, July-August 2001
[66] Ver Foucault, Michel: Seguridad, territorio, población. Fondo de Cultura Económico. Buenos Aires. 2006.
[67] Althusser, Loius: Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Nueva Visión, Buenos Aires, 1988.
[68] Ver A Brief History of Discrimination and Disabled People”, capítulo 2 enDisabled People in Britain and Discrimination: A case for anti-discrimination legislation’, de Colin Barnes (1991)
[69] En 1700, el gobierno colonial de Massachusetts prohibió la inmigración de "personas cojas/ lisiadas, impotentes, o enfermizas/ débiles, o los incapaces de sostenerse económicamente por sí mismos". Esto lo reafirmó el gobierno de Massachusetts en 1837. En 1882 se incorpora la exclusión de locos e idiotas en la ley inmigratoria de los EEUU. En 1921 se aprueba la ley de emergencia de cuotas inmigratorias en EEUU. A partir de 1965 se admitió el ingreso de PCD mentales como integrantes de un grupo familiar al cual se le otorgaba la radicación. Ver Disability History Datelineen http://www.instituteondisability.org/projects/dateline_view.php.
[70]Hasta el 2004, la ley migratoria Argentina prohibía la radicación permanente de personas con discapacidad de origen extranjero, según el decreto reglamentario 1023/94. Art. 21: están absolutamente inhabilitados para ser admitidos y/o permanecer en el país en cualquier categoría migratoria, salvo las expresamente exceptuadas, los extranjeros que presentaren los siguientes impedimentos: …b) Estar afectado de alienación mental en cualquiera de sus formas o poseer personalidad psicopática, en grado tal de alteración de sus estados de conciencia o conducta, capaces de provocar graves dificultades familiares o sociales. c) Tener discapacidad física o psíquica, congénita o adquirida, o una enfermedad crónica que disminuya totalmente su capacidad para el trabajo o el ejercicio del arte, profesión, industria u oficio que posea y carezca de posibilidades de subsistencia y amparo. A su vez el art. 22 establece: Están relativamente inhabilitados para ser admitidos en la República como residentes “permanentes” o “temporarios” los extranjeros comprendidos en alguno de los siguientes supuestos: a) tener discapacidad física o psíquica, congénita o adquirida, o una enfermedad crónica que disminuya parcialmente su capacidad para el trabajo o el ejercicio del arte, profesión u oficio que posea.
Cuando se trate de extranjeros comprendidos en alguna de las inhabilidades absolutas previstas en los incisos a), b) y c) del art. 21 que hayan residido en el país en forma continua durante los últimos cinco años y sean cónyuges, padres o hijos solteros de argentinos o residentes permanentes, la DNM podrá, previa intervención del Ministerio del Interior, admitirlos excepcionalmente y mediante resolución fundada en cada caso particular, cuando considere su conveniencia valorando alguna de las siguientes circunstancias: a) Interés que tenga para la República las actividades que desarrolla o desarrollarán. b) Las posibilidades de trabajo, subsistencia o amparo, cuando se trate de impedidos psicofísicos. c) Las condiciones físicas, morales y económicas y la capacidad laboral apreciada en conjunto, del grupo familiar del que forma parte. d) Toda otra consideración que, en forma objetiva, pueda servir de elemento de juicio para fundar la excepción (art. 23). Esta referencia a la legislación migratoria Argentina se tomó de http://www.cels.org.ar/Site_cels/publicaciones/informes_pdf/2001.Capitulo8.pdf
[71] Haveman, Robert & Wolfe, Barbara: The Economics of Disability and Disability Policy. Department of Economics, The University of Wisconsin-Madison. 1999
[72] Current Population Surveys (CPS)
[73] Foucault, Michel: Vigilar y Castigar. Siglo XXI, México. 1980
[74] Haveman & Wolfe.
[75] Interesante manera de resignificar bajo el capitalismo el precio que podía tener un esclavo negro llevado a América, según su edad y constitución física.
[76] O como veremos más adelante, a la gran masa de superpoblación relativa, también conocida como ejército industrial de reserva.
[77] Pagina/12 [http://www.pagina12.com.ar/1998/98-09/98-09-14/pag15.htm]:  “Enfermedades Laborales en una Empresa: Si Chaplin viviera...”,por Eduardo Videla. Para un análisis más general de este tipo de problemática ver Kandel, Ester: Las relaciones de género en una empresa de la industria de la alimentación en la Argentina en la década de 1990, Tesis de grado para la Maestría en Ciencias Sociales del Trabajo, Universidad de Buenos Aires, Centro de Estudios Avanzados, Octubre 2003. Director de Tesis: Dr. Julio C. Neffa. http://www.ceil-piette.gov.ar/docfor/docpos/tesis/2003kandel.pdf
[78] Ver Albrecht, Gary L.: The Disability Business: Rehabilitation in America, Newbury Park, CA., Sage Library of Social Research (1992).
[79] Robert Haveman and Barbara Wolfe: The economics of disability and disability policy, University of Wisconsin, 1999, p.11
[80] Houtenville, Andrew: Economics of Disability Research Report #4, Cornell University, 2001. La tasa comparativa de empleo es el empleo de PCD como porcentaje del empleo de no PCD. La tasa comparativa de ingresos es el ingreso de PCD como porcentaje del ingreso de no PCD. En 1980 la tasa de empleo de PCD era 34,9% y bajó a 33,0% en 1999 (bajó 5,4%); la misma tasa para no-PCD era 81,2% en 1980 y subió a 85,7% en 1999 (subió 5,5%).
En 1980 el ingreso medio de PCD fue u$s 13.963 y subió a u$s 16.304 (subió 16,8%); el ingreso para no-PCD en 1980 era de u$s 26.018 y subió a u$s 32.001 (subió 23,0%, o sea mucho más que para las PCD). Tablas 4 y 7 en Houtenville.
[81] IILO / OIT: Discriminación por razones de discapacidad, Resumen analítico, Declaración relativa a los Principios y Derechos Fundamentales en el Trabajo, Trabajar en Libertad. Ver http://www.ilo.org/dyn/declaris/DECLARATIONWEB.DOWNLOAD_BLOB?Var_DocumentID=6814
 
[82] Una mirada interesante sobre esto lo da Sunny Taylor, pintora sin manos de EEUU, en The right not to work: power and disability” en Monthly Review Press, Vol. 55, Nro. 10, March 2004, quien escribe: “Las personas discapacitadas son criadas con las mismos ideales culturales y ambiciones y sueños que sus contrapartes corporalmente sanos [able-bodied]; nosotros también hemos sido indoctrinados para fetechizar el trabajo y romantizar una carrera y para vislumbrar el desempeño de trabajo asalariado como el parangón de la libertad. Sin embargo, en su amplia mayoría, se nos niega el acceso a dicha fantasía; muchos de nosotros vivimos gracias a la ayuda gubernamental o al apoyo de nuestras familias o de la caridad.(...) Nuestra mayor contribución a la economía es como “camas”, tal como los geriátricos denominan a los ancianos y a los discapacitados que llenan sus vacantes y cuentas bancarias. ¿Acaso no deberíamos (...) reconocer que el trabajar no nos liberará (...) sino el derecho de no trabajar y sentir­nos orgullosos de ello? ¿Qué efecto tendría este cambio conceptual sobre los objetivos y las actitudes de quienes se interesan por los derechos de las personas discapacitadas o sobre la auto-imagen de quienes tienen alguna discapacidad?” De hecho, el movimiento de derechos de PCD en EEUU viene luchando hace años ya para que los fondos que el Estado canaliza a los geriátricos se los entreguen directamente a las PCD para que puedan vivir en sus propias comunidades. A esto se resisten los empresarios propietarios de los geriátricos. Al respecto, ver http://www.adapt.org/
[83] Entrevista a Alfredo Grande en RedEco Alternativo, Boletín ESPECIAL 1º de Mayo.
[84] C. Wright Mills justamente planteó, irónicamente, que hay que saber elegir a los padres. Ver The Power Elite (Oxford Press 1956).
[85] Ley 24.241 del sistema integrado de jubilaciones y pensiones. Aquí sirve pensar qué le pasa al trabajador discapacitado en su trabajo y expulsado del mismo. Según Silvia Coriat: “La discapacidad, en tanto construcción social, sólo es abordable en dinámicas de interacción en dos aspectos: b.1. Interacción del individuo con relación al rol y al espacio social y físico que le es asignado en el grupo social al cual pertenece. Ejemplo: Para un trabajador jefe de familia que sufre un accidente de trabajo, se discapacita y es despedido y obligado a jubilarse, el sentido de la rehabilitación es significativamente diferente si el vínculo contractual no se corta, su puesto de trabajo lo espera, con las adecuaciones funcionales del caso, y él continúa ejerciendo su rol de principal sostén del hogar.  b.2. Interacciones del individuo con relación a sus propios atributos: el trabajador del ejemplo anterior, usuario de silla de ruedas, al desarrollar su vida dinámicamente, independientemente de la excelencia de los tratamientos médicos curativos y preventivos, valorará más su propio estado de salud, se cuidará y correrá menos riesgo de producir escaras que realizando una vida parasitaria”. (Ver Coriat, Silvia: Arbitrariedades en los Sistemas de Conocimiento, ponencia en III Jornadas Nacionales de Universidad y Discapacidad, “La Construcción Social de la Normalidad: Debates y Perspectivas”, Paraná, Entre Ríos Julio de 2004).
[86] Ver Presentación ante el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, Cuestiones a considerar en Informe periódico sometido por Argentina en cumplimiento del art. 9 de la Convención sobre la Eliminación de la Discriminación Racial, conocido como Contrainforme CERD Julio 2004, elaborado por el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), el Servicio Ecuménico de Apoyo y Orientación a Refugiados y Migrantes, junto a la Federación Internacional de Ligas de Derechos Humanos (FIDH). Anexo IV - La Situación de las Personas con Discapacidad en Argentina, preparado por REDI, Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), y Red de Asistencia Legal, Agosto 2003,
http://www.cels.org.ar/Site_cels/documentos/CERD_personas_discapacidad.pdf
[87] Inclusive el Banco Mundial ha reconocido e investigado desde su propio sesgo ideológico esta relación estructural.
[88] Marx, Carlos: El Capital: Crítica de la economía política. Tomo I. Fondo de Cultura Económica. México. 2001 (1ra edición en  alemán 1867), p.535.
[89] Marx, Carlos: El Capital, p.538-9.
[90] Marx, Carlos: El Capital, p.545-6.
[91] Para una revisión actual de la teoría marxista del mercado de trabajo, ver Neffa, Julio César (Dir.), Féliz, Mariano, Panigo, Demian T., Pérez, Pablo E.: Teorías Económicas sobre el Mercado de Trabajo: 1. Marxistas y Keynesianos (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2006), especialmente de Mariano Félix y Julio C. Neffa: Acumulación de capital, empleo y desocupación. Una introducción a la economía política del trabajo en las obras de Marx, pp.15-73.
[92] Buena parte de lo que sigue está tomado de un escrito del autor (Joly, Eduardo), preparado en Octubre de 1999 para la VI Jornada Nacional de Derechos Humanos para Personas con Discapacidad sobre “Exclusión y Derechos Humanos en Discapacidad”. Una versión muy sintética sirvió de telón de fondo para la ponencia que efectivamente se dio en dicha ocasión.
[93] ENDI, pp. 120-135
[94] Haveman & Wolfe
[95] Coriat, Silvia: Educación Inclusiva y Accesibilidad en Argentina (Fundación Rumbos, para Itineris / Banco Mundial, Marzo 2005).
[96] Joly: Capacidades remanentes y adaptación de puestos de trabajo
[97] http://www.safjp.gov.ar/digesto_2/Index/Normas/mtss/res_426_98.htm
[98] Concepto que propuso Marcelo Morgenstern en reuniones de REDI en 1999.

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