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Aprender a cambiar la mirada

 

Diario La Nación- Guía de Colegios & Jardines 2008-  11 de octubre de 2007.
 
INTEGRACIÓN
Aprender a cambiar la mirada
La incorporación de chicos diferentes al aula común es satisfactoria para todos
Por Connie Royo
Es ley, para no todas las escuelas comunes aceptan entre sus alumnos a chicos discapacitados. Si bien la tendencia muestra un cambio positivo en la inclusión, son muchos los establecimientos en los que se asegura que no cuentan con los requerimientos, edificios preparados o equipos de apoyo. La falta de políticas sumió a estos chicos en dolorosas luchas por entrar en el sistema educativo convencional.
¿Hay esperanzas? La respuesta es sí. Las fundaciones, ayudadas por los padres, no bajan los brazos. “Predisposición, actitud, apertura y compromiso con la nueva ley nacional de educación”, según Graciela Ricci, presidenta de la Asociación para el Desarrollo de la Educación Especial y la Integración (Adeei), son las bases para que hoy la integración pueda decir presente.
No hay reglas únicas ni fórmulas exactas. Para Fernanda Alvarez Luchía, de la fundación Par, “la mayoría de los niños se pueden incluir en las clases; sólo aquellos que tienen discapacidades físicas (y las escuelas, barreras arquitectónicas) que les hacen imposible concurrir al aula serían los que no pueden incluirse”. Y ellos, que llegan con sus maestras integradoras, llenan de luz la clase, incentivando con su esfuerzo al grupo. Los que vivieron la experiencia dejan algo en claro: con la inclusión ganan todos.
El chico con capacidades especiales “llega a desarrollarse utilizando las estrategias para poder manejarse, aprender, interactuar con el medio, sus pares y adultos”, afirma Lourdes Crosta, maestra de apoyo escolar e integradora que trabaja con Macarena, una chiquita hipoacúsica. “Sus compañeros aprenden que un chico distinto no es algo malo- afirma María Parma, psicopedagoga y maestra integradora-. Entienden que si bien parece diferente, es igual a ellos, comparte los gustos y experiencias. “Valores como la solidaridad, el compañerismo, el respeto por las diferencias, el trabajo y la ayuda surgen en el grupo.
El trabajo de la integradora es acompañar a cada chico en su proceso, brindarle herramientas para resolver situaciones problemáticas dentro del aula y estimularlo en su capacidad disminuida, “ya que quizá tiene otras capacidades intactas, y saber eso lo motiva mucho”, cuenta Parma, que actualmente trabaja con Catalina, que nació con espina bífida (mielomeningocele). Habrá entonces tanta diversidad de acompañamientos como discapacidades existan; cada maestra integradora trabajará los días, las horas y las actividades que le alumno requiera. No hay nada escrito, los profesionales apuntan a que es importantísimo entender que cada chico es único. La familia cumple un rol protagónico e intransferible. “Debe ser parte del proceso- explica Ricci- no sólo estar, sino participar.
“Convivir con quienes usan el espacio o las cosas de otra manera nos hará hacer foco en aspectos que antes quizá no tenían importancia”, afirma la arquitecta Silvia Oddone, miembro del equipo de accesibilidad del a Fundación Rumbos. Aprender a incluir a otros es cambiar la mirada.
 

 


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