Fundación Rumbos - Accesibilidad

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El drama de no encajar

 

Por CECILIA GARCIA RIZZO, para La Nación.


Como soy una persona con movilidad reducida, en el momento de elegir una carrera tuve que recorrer varias universidades para evaluar su accesibilidad. Las cuestiones académicas, los programas de las carreras y el prestigio pasaban a un segundo plano. Mis preguntas se centraban en: ¿cómo es la entrada? ¿Tiene escaleras? ¿Hay ascensores? ¿Funcionarán siempre? ¿Cuánta distancia tengo que caminar para ir a las aulas y las actividades?
Fui a una facultad privada donde muchos aspectos de la accesibilidad estaban resueltos desde lo arquitectónico, pero no desde lo social: podía circular dentro de la misma, pero solitariamente porque debía tomarme los ascensores exclusivos para profesores y directivos en los que nadie podía acompañarme, teniendo que explicar constantemente antes las miradas enojadas que si alguien estaba conmigo era para ayudarme con libros pesados o con el vaso de gaseosa.
El autorizarme a ingresar con el auto al garaje exclusivo fue una gran ventaja porque así sorteaba tener que caminar por una calle en pendiente, bajar dos largas rampas y caminar grandes distancias. Obviamente, tampoco nadie podía estar conmigo en ese sector.
Dentro de las aulas, uno de los mayores inconvenientes eran los bancos y las sillas empotrados y a muy poca distancia unos de otros, lo que hacía que cuando quería levantarme debía movilizar a las personas sentadas a mis costados.
En cuanto a los requerimientos académicos, a lo largo de la carrera fui eximida de las actividades realizadas fuera de la Facultad. Como los profesores desconocían la accesibilidad de los lugares a los que debía ir, preferían que no las hiciese. Después, con un trabajo práctico suplía esa nota que me faltaba. Pero no pude desarrollar prácticas necesarias y valiosas para el ejercicio de mi futura profesión.
Mi primera experiencia con el mundo laboral profesional fue en el momento de tener que cumplir con las horas de trabajo obligatorias para graduarme. Otra vez volvía a comenzar la odisea de buscar un lugar accesible. Finalmente me confinaron a hacerlas dentro de la Facultad.
Al recibirme de licenciada en Psicología y Técnica en Periodismo noté lo difícil que era buscar trabajo porque no podía competir en igualdad de condiciones: si la empresa no era accesible ni siquiera podía llegar a la primera entrevista. Mis compañeros se postulaban a muchos puestos mientras yo tenía que hacer una evaluación de cómo era el lugar físico o explicar mi situación en cada caso.
Me inscribí en una consultora que tiene un sector dedicado a conseguir empleo a personas con discapacidad, pero me llamaban para puestos de telemarketer y data entry, no acordes con mi formación académica. De los 5 ofrecimientos, sólo uno podía llegar a interesarme, pero la empresa a la que fui, si bien tenía rampas no era accesible para mí: había recorridos interiores y descubiertos muy largos, el trabajo era de constante movimiento y a las instalaciones de uso común (por ejemplo, el comedor) sólo podía acceder saliendo del lugar, haciendo todo el recorrido al aire libre e ingresando por una puerta trasera.
Luego de muchas idas y vueltas decidí buscar trabajo por mi cuenta y capitalizar mi experiencia personal y formación profesional para contribuir en el cambio social.
Envié currículums y visité varias organizaciones referentes en discapacidad hasta que conseguí empleo en Fundación Rumbos, para impulsar programas de acción en materia de inclusión física y social.
 

La autora es coordinadora operativa del Area de Accesibilidad de la Fundación Rumbos 


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